viernes, 26 de octubre de 2007

ADAM SMITH, LOS NIÑOS Y EL HOMO OECONOMICUS

Una insospechada consecuencia positiva de tener en estos tiempos postmodernos que compartir una tarea doméstica como lo fue llevar al parque a mi hijo cuando era pequeño ocurrió una tarde en que me dí cuenta de la causa última de una equivocada opinión de Adam Smith cuyos efectos han pesado de forma inimaginable sobre el desarrollo de la Economía, la política económica y la propia Historia, así con mayúscula.



El caso es que, por lo que se sabe, la historia sentimental de Adam Smith debió de ser extraordinariamente escasa. No se casó y no tuvo hijos, que se sepa. Siendo además un hombre tremendamente distraído, siempre inmerso en sus propias reflexiones y sólo dado a las reuniones sociales de cierto nivel intelectual, puede afirmarse sin temor alguno a equivocarse que el mundo infantil le debió resultar totalmente ajeno.




Esa es la única explicación a la que llegué un día en que, estando de vigilante de mi hijo en unos de esos rediles de colorines que hay en los parques públicos y en los que se sueltan a los niños más pequeños para que jueguen, se me pasó por la mente una de las más conocidas afirmaciones smithianas, fundamento último de su aproximación a la Economía y a sus puntos de vista sobre cómo debiera organizarse la economía real. Pues creo sin la menor duda que sólo a alguien que no ha tenido contacto con un grupo de niños pequeños se le hubiera podido ocurrir la famosa frase con la que empieza el Capítulo II del Libro I de la Riqueza de las Naciones y en la que postula la existencia de "una cierta propensión en la naturaleza humana... The propensity to truck, barter and exchange one thing for another".Lo siento, pero no. Como bien sabe todo aquel que se ha pasado una tarde en un parque o en una guardería la propensión natural de los hombres (y también la de las mujeres, aunque -eso se dice en los parques- quizás un poco menos), la que les sale espontáneamente no es ni mucho menos la de intercambiar o comerciar sino la de arramblar con lo que tienen lo demás. Sólo tras largos años de incontables y pacientes admoniciones (que consisten básicamente en la repetición de dos únicas frases: "hay que compartir" y "deja eso, que no es tuyo") los seres humanos aprenden con mayor o menor dificultad a compartir e intercambiar, pero nunca dejando plenamente la posibilidad de echar mano a lo que Pareto denominó suavemente "formas apropiativas" de obtener rentas.



El egoísta perseguidor de su propio interés que Adam Smith consideraba que era el hombre económico era, pues, si bien se mira, un bendito de Dios. Jamás se le ocurriría robar o extorsionar a otro en esa persecución de sus propios fines. Y esta visión beatífica del hombre económico no fue sino reforzada en la obra de los economistas de los siglos siguientes. Así, con la excepción de K.Marx, los economistas de la "era victoriana", fuesen o no ingleses (Mill, Jevons, Edgeworth, Marshall, Walras, Menger, Marshall), probablemente tampoco tendrían mucho contacto con el mundo infantil al dejar a cargo de tutores e institutrices el cuidado de sus hijos (es la época, por otra parte de la idealización total de la infancia, véase a este respecto el libro de Neil Postman: La desaparición de la niñez). Además, y como señaló Tibor Scitovsky, la percepción que esos economistas tenían del comportamiento humano estaba obviamente mediatizada por cómo se veían a sí mismos, ellos eran el ejemplo de cómo eran y se comportaban unos auténticos hombres económicos: como unos caballeros, y como tales podían obviamente comerciar o intercambiar pero nunca se rebajarían a robar o usar de la violencia contra otros.


Claro está, la cruda y dura realidad demostraba que no todos los individuos se comportaban de forma tan pacífica y elegante en la persecución de sus propios intereses, que el delito, la extorsión, el robo y la coacción eran formas de comportamiento utilizadas por muchos individuos para buscarse la vida y conseguir dinero y bienes. La explicación de estas "anomalías" recaía en dos argumentos. Por un lado, había individuos que padecían de una suerte de malformación congénita que les llevaba a carecer de esa propensión natural al intercambio de que hablaba Smith, y a tener en su lugar una propensión también natural a las actividades delictivas. Recuérdese que son estos los tiempos en que están de moda las "teorías" de antropología criminal de Lombroso en las que achacaba los comportamientos criminales a una degeneración biológica que se podía rastrear o deducir de la forma del cráneo o de los arcos superciliares. Por otro lado, la otra explicación de los comportamientos delictivos, se dirigía a la suerte de actitudes estimuladas por la existencia del propio aparato del Estado, la institución encargada de reprimirlos. La experiencia histórica del comportamiento característico de quienes participaban en las cortes y demás aparatos estatales de las monarquías absolutistas enseñaba que es allí donde más se fomenta y valora los comportamientos pasionales, agresivos y expoliadores. Frente al mundo estatal, el mundo de los intercambios era, por contra, civilizador (la historia de esta tesis del "doux commerce" en palabras de Montesquieu, aparece magistralmente expuesta en la obra de Albert Hirschman: Las pasiones y los intereses). Cabría esperar pues que conforme se desarrollara el sistema de mercado y disminuyese a la vez el tamaño e importancia de los estados reducidos al mínimo, desaparecerían también los incentivos a esos comportamientos destructivos. Y de ahí a recomendar políticas liberales a favor de un estado mínimo, tan en boga hoy día, sólo hay un paso.

¿Extrañará que con esta tradición intelectual fuesen necesarios doscientos años para que Gary Becker publicase un artículo titulado "Crimen y Castigo. Un enfoque económico" en el que consideraba que los individuos eligen racionalmente si comportarse o no legalmente a la hora de obtener rentas? ¿Extrañará asimismo que la llamada Economía Internacional todavía no tenga en cuenta el usos de la violencia en las relaciones económicas internacionales lo que la convierte en una suerte de cuento de hadas a la hora de explicar el mundo internacional? Sólo en los últimos quince o veinte años se ha ido desarrollando un cuerpo teórico (a partir de los trabajos de Schelling, Hirshleifer, Tullock. Skaperdas y otros) que consideran el uso de la violencia por parte de los agentes económicos en sus interacciones económicas como una forma alternativa a la de dedicar sus recursos a las actividades pacíficas de producción e intercambio. Pero ese corpus todavía no ha entrado en los libros de texto. Ahí, los benditos Homo oeconomicus pacíficos, productivos y negociantes siguen como jainistas sin matar una mosca.
En suma, que muy probablemente las cosas hubieran sido diferentes para la Economía si Adam Smith hubiese prestado un poco más de interés a esos encantadores locos y agresivos bajitos.

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