sábado, 13 de octubre de 2007

EL MERCADO DE ADAM SMITH

El problema de usar de la misma palabra para referirse a una realidad durante largo tiempo es que, a menos que seamos muy conscientes de que también a los conceptos les pasa el tiempo y tienen su historia, nos dejemos llevar por lo más fácil como es el dar por supuesto que su sentido hoy es el mismo que tenía ayer. Poca duda cabe que La Riqueza de las Naciones, el texto fundacional de la Economía, si no como ciencia, sí al menos como discurso sistemático sobre los asuntos económicos, es una larga reflexión laudatoria del Mercado y de la Competencia como institución y comportamientos sociales benefactores para la pobre humanidad. Pero, que yo sepa, raramente se plantea la cuestión de qué significaba para Smith el mercado. Tendemos a dar por supuesto que por mercado competitivo entendía más o menos lo que nosotros hoy por hoy entendemos, o sea, el mercado de competencia perfecta, olvidando que ese engendro teórico es un siglo posterior a Smith, fruto de los cerebros de Walras y Marshall, y cuyas afamadas virtudes hubieron de esperar aún más adelante a que Pareto las cantara.

Y cabe cuestionarse que Smith hubiera entendido nada de este constructo teórico tan especial que se caracteriza por "representar" o "describir" un mercado poblado de un número tan innumerable de agentes que nada de lo que haga ninguno tenga la menor importancia, o dicho de otro modo, que nadie tiene el el menor poder de mercado, o, dicho otra vez de otro modo, que todos los que en él participan son precio-aceptantes, de forma que regiría la "ley del único precio" de Jevons, es decir, que el mismo bien alcanzarían el mismo precio para cualquier consumidor. Ese tipo de institución le sería con seguridad totalmente ajena a Smith y para entender por qué, hay que ponerse en su lugar y tiempo. En 1776, en Gran Bretaña, la mayoría de mercados serían de tipo local, probablemente sólo abiertos un día o dos a la semana (el día o días de mercado) y dónde los compradores y vendedores se conocerían de sobra por el trato repetido. En ausencia de las facilidades modernas de la comunicación privada a distancia, cuando viesen reunidos a solas un grupo de comerciantes todos sabrían, como apunta A.Smith, que una subida de precios andaba fraguándose. Sólo en las ciudades grandes había tiendas estables abiertas regularmente. Pero, hasta en ellas, nada de lo que hoy nos es conocido sobre las formas de la compraventa sería lo habitual. Daniel Boorstin ofrece en "The Americans: The Democratic Experience" una descripción de los cambios en las formas de venta y consumo que se dieron lo largo del siglo XIX y principios del XX (uno así descubre, p.ej., que el estilo IKEA, tan moderno y saludable él, que te obliga obligatoriamente a recorrer en zigzag todos y cada uno de sus rincones aunque lo único que querías en principio era comprarte una bombilla, tiene su origen en un almacén llamado "Piggly Wiggly" fundado por un tal Clarence Saunders en Memphis, Tenesse, allá por 1916) y que crearon la sociedad de consumo y lo que el llama las "comunidades de consumo".

Pues bien, pieza fundamental en la vieja forma de hacer intercambios en los mercados lo era el regateo. No había precio único. "La vieja práctica -dice Boorstin-, de la que una chispa de vida alienta aún en los rastros y bazares del mundo, consistía en que el vendedor negociara individualmente con cada comprador, pidiendo un precio determinado por la particular posición social de ese comprador, su necesidad, y su deseo de ese objeto particular. Algunos mercaderes marcaban cada artículo con su coste (sólo que usando un código privado) y luego buscaban conseguir de cada comparador el precio más alto que fuesen capaces de extraer. Rehusar el regateo era considerado de mala educación o una actitud poco sociable y, ciertamente, ello hacía la vida menos interesante. El precio variaba con la habilidad negociadora de cada cliente". Fueron los Cuáqueros quienes, en atención a sus principios igualitarios, primero se negaron a esa práctica, negativa que pareció a la mayoría tan extraña como lo eran los propios Cuáqueros. El progreso de la política de precio fijo fue lento. Pieza fundamental fue el desarrollo de los grandes almacenes que rápidamente se sumaron a ella. Pionero fue, a este respecto, el Bon Marché parisino que ya en 1852 tenía una política de precio único. A lo largo de los 50 años siguientes le siguieron los demás grandes almacenes y luego ya todas las tiendas. La consecuencia fue "la democratización, o como mínimo, la igualación, de los precios. ¡Un precio para todo el mundo! Al margen de consideraciones de edad, sexo, riqueza, pobreza o capacidad negociadora. El precio estaba marcado para que todos los pudieran ver. Al igual que las mismas mercancías se habían hecho públicas de modo que la tienda intima se había transformado en un palacio de consumo donde los mejores géneros se exponían a los ojos más vulgares, así también el precio ya no era secreto... En un nuevo sentido ahora cada venta y cada compra se convirtieron en un acto público" .

En el mundo smithiano, como señala Boorstin, los intercambios estaban muy personalizados, de donde el precio es privado adecuándose en cierta medida a la situación personal del comprador/vendedor. Todavía, los que ya vamos para viejos, recordamos la cartilla en la que el tendero de la esquina de los barrios y ciudades pequeñas anotaba muy en secreto las deudas, adelantos y favores que hacía a los clientes necesitados por alguna fatalidad sobrevenida. Dicho de otra manera, la Economía Política en Adam Smith era, todavía en parte, una Economía Moral que al restringir o poner fricciones a la persecución del máximo beneficio, del propio interés en palabras de Smith, mediatizaba o matizaba la teoría de la eficiencia con una teoría de los sentimientos morales con la consecuencia de que el egoísmo en el mercado encontraría ciertas dificultades en hallar formas de expresión no deseables desde un punto de vista colectivo como el engaño o el fraude.

Y aparece entonces claro el porqué la desparición de ese tipo de mercado smithiano, su sustitución por unos mercados abstractos, extensos y públicos, democráticos como dice Boorstin, obligaba a que se diesen en ellos condiciones especiales si se quería que los individuos no fuesen "explotados" (en el sentido de que no se les reconociesen sus diferencias particulares en esos mercados anónimos y generales). Era necesario que nadie tuviese poder de mercado, que nadie pudiese alterar a su voluntad el precio o la calidad del bien que vendía o producía sin sufrir las consecuencias. En suma, para que el mercado tuviese las ventajosas propiedades que para Smith se le antojaban usuales y hasta consuetudinarias propias de una sociedad civilizada era necesario que el mercado fuese de Competencia Perfecta. Y no es fácil encontrar mercados que satisfagan las exigentes condiciones teóricas que impone la competencia perfecta. Y más aún en una economía de productos tan complejos como la de hoy en día donde existe una obvia asimetría de información entre lo que saben los productores/vendedore sobre la calidad de lo que producen y venden y lo poco que saben los compradores.

A partir de modelos de la teoría de juegos, los economistas han acentuado el papel de la reputación en la generación de comportamientos no fraudulentos por parte de los productores/vendedores. Pero aunque los economistas se hagan cruces con la fuerza de mantener la reputación como férula que obliga a comportamientos deseables, no parece que en la realidad sea suficiente. En un demoledor libro llamado The Predatory Society el sociólogo Paul Blumberg de una universidad de Nueva York, recopiló los informes que sobre sus trabajos y jefes hicieron sus alumnos que trabajaban a tiempo parcial a lo largo de quince años. Blumberg recogió más de 600 prácticas comunes en supermercados, restaurantes farmacias, etc, y entre las que se cuentan las siguientes: botellas de agua de grifo que pasan por mineral, pescado descongelado vendido como fresco, productos (carne o prescado) envasados con la parte mala de modo que no se vea, productios caducados sistemáticamente reenvasados, tipos de pescado y carne en los restaurantes que no se corresponden a la carta, alimentos que caen al suelo recogidos y vueltos al plato, escupir en los platos al irse cansando el personal, reparaciones que no se hacen, cambios en piezas no necesarios, zapatos descabalados de diferente número alterados para emparejarlos ("No se preocupe. Ya se sabe que cada pie tiene tamaño diferente"), etc., etc. El problema es que dada la dificultad de ser conscientes del fraude, el engaño o el maltrato, aquí la reputación de poco sirve. No eran inmunes los mejores restaurantes al escupitajo en la sopa.

Y qué decir de los cada vez más alejados servicios postventa de cualquier compañía en este mundo de mercados generales y globalizados. Qué decir de esa común situación de tener un problema telfónico pero sólo cabe la opción de dar cuenta del mismo por teléfono a alguien situado a 3000 km de distancia es paradigmático y tan común que no merece la pena detenerse en él. En todos estos casos y en otros muchos que se pueden aducir, cabe pensar que Adam Smith hubiera hallado dificultades en "ver" a la Mano Invisible llevando de la mano a los agentes económicos en esa danza conducente al bienestar colectivo ¿o no?

No hay comentarios:

Publicar un comentario