lunes, 3 de diciembre de 2007

COCINAS, ARMAS Y AUTOMÓVILES.

Que la indagación económica se construye sobre una radical separación entre medios y fines está fuera de toda duda. La definición de Economía más aceptada, la de Lionel Robbins, la afirma taxativamente: la Economía es la ciencia que estudia la administración de recursos escasos susceptibles de usos alternativos. Para la Economía, la vida de cada individuo no es sino una historia particular de la perpetua tensión entre unos medios, o recursos, siempre limitados, y una miríada de posibles fines, o usos. Conflicto de fines compitiendo por los escasos medios donde medra el pensamiento económico siempre a la búsqueda del mejor compromiso, a la búsqueda de la elucidación de las reglas para que los recursos se asignen de la mejor manera posible, de las reglas pues que guían la elección racional, la elección económicamente racional.


Pero, ¿es esta visión correcta? Sin duda que tal tensión entre medios y fines está garantizada muchas, si no las más de las veces; pero, hay otras, sin embargo, en que sucede todo lo contrario. Se trata de todas aquellas ocasiones donde de lo que se trata no es de economizar en los medios sino en usarlos e incluso abusar de ellos. Pongamos un ejemplo evidente. A nadie se le ocurriría acudir al expediente de economizar tiempo (que, ciertamente, es un recurso siempre escaso) en el proceso de satisfacción de la finalidad llamada "hacer el amor". En esa actividad, más bien, la demora, el uso magnánimo del tiempo, se convierte en el objetivo, y es que en esa actividad se difumina la separación entre medios y fines. Y lo mismo que para el amor, pasaría para otras actividades en las que el uso de los medios se confunde en mayor o menor medida con la propia finalidad.


Que yo sepa, sólo un economista, G.C. Winston reflexionó analíticamente hace ya muchos años sobre estas situaciones donde se produce cierta confusión entre recursos y objetivos. Para ello, distinguió entre lo que denominó la "utilidad del objetivo", la utilidad o satisfacción que para cada agente económico le reporta lograr, acceder o cumplir algún objetivo, de la "utilidad del proceso", la satisfacción que puede darse en el proceso de alcanzarlo, o sea, de la utilidad que puede seguirse en el inevitable proceso de usar los recursos de que se dispone para acercarse a la finalidad perseguida. Se trata ésta de una distinción importante que, sin embargo, no se ha llevado más lejos aunque es intuitivamente evidente y posiblemente relevante. Pongamos otro ejemplo, veamos el caso de la comida. Por el lado de los costes, está claro que el comer es una actividad económica costosa, pues hay que dedicar tiempo y dinero a la compra y manipulación de los ingredientes de una comida. Por el lado de los "beneficios", es evidente que está la satisfacción o "utilidad del cumplimiento del objetivo", que viene asociada a dar buena cuenta de los platos que se sirven en la mesa. Ahora bien, en algunas situaciones y para algunos individuos (entre los que no me cuento), parece existir una fuente de satisfacción adicional: la derivada del propio proceso de hacer la comida. La "utilidad derivada del proceso" culinario que, en casos especiales, no se limita la proceso "creativo" en los fogones sino que llega incluso a abarcar al propio proceso de selección y compra de los ingredientes en un mercado (posiblemente una perversión, véase más adelante).

Ciertamente, la existencia de esa "utilidad del proceso" no se da en todas las actividades ni para todos los individuos que las hacen; ciertamente, también, este tipo de utilidad dependerá por lo general de factores específicos para cada actividad. Pero quizás se pueda decir algo sobre ella de carácter general. Para ello, el mejor punto de partida se encuentra en darse cuenta de la similitud entre esta fuente de satisfacción identificada por los economistas con la noción del psicólogo y lingüista Karl Bühler de la existencia de un "placer funcional" por el que se refiere al placer asociado al ejercicio -cada ocasión más preciso- de una habilidad o una destreza. El placer del músico que rasguea una guitarra o improvisa al piano, el placer del pintor o dibujante que pergeña un retrato con sus pinceles, el del ebanista mientras guía con sus manos la garlopa, son ejemplos de actividades en las que sus ejecutantes sienten un placer asociado a la puesta en ejercicio de habilidades y destrezas en el uso de sus particulares instrumentos o herramientas. Y aquí merece la pena resaltar la conexión entre el dominio del instrumento característico de la actividad que se considere y el "placer funcional" o "utilidad del proceso" que se deriva de ella, o sea, que a mayor capacidad, potencia o complicación del instrumento o herramienta, mayor "placer funcional" se sigue de su manejo o dominio. Como señala Ferlosio (una vez más), "este placer va ligado a cualquier clase de destreza y especialmente a la eficacia de los instrumentos, y no es ajeno a un sentimiento de dominio sobre los materiales; un dominio para el cual la destreza de las manos se ve extraordinariamente potenciada por toda clase de instrumentos. De modo que éstos alimentan el sentimiento de poder, acrecentando cada vez más el deseo de satisfacerlo".

No habría aquí problema si no fuese por la casi inevitable aparición de, en palabras de Ferlosio, una "especial 'perversión instrumental'... por la que el pretendido fin utilitario de los instrumentos es desmedidamente superado por el mero placer del sentimiento de poder y de dominio que produce el manejarlos". Es decir, que la "perversión instrumental" aparecería siempre que la "utilidad del proceso" superase o incluso llegase a anular la "utilidad del objetivo". Se trata de un fenómeno tan sobradamente conocido que puede pasar muchas veces inadvertido. Aparece en las compras de equipos de música de proporcionan una tan elevada calidad que no la discrimina el oído humano, o en el comportamiento de los "cocinillas" que se vanaglorian de tener unas cocinas de guía michelín pero en las que el chisme más usado es el microondas, o en el de los que cambian de ordenador frecuentemente por el mero gusto de tener más capacidad aunque sólo lo usen para bajarse películas en el emule, o en el de los "manitas" que disponen en sus casas de un aparataje técnico que ya les gustaría a un "profesional" de las chapuzas pero que sólo utilizan de vez en cuando para hacer algún agujero para colgar un cuadro.


Pero el problema es que la "perversión instrumental" se da también en casos no tan inocentes. Está el caso de las armas y está el caso de los automóviles. Todo aquél que haya cogido un arma, sabe lo rápido que el gatillo atrae al dedo y la mirilla atrapa al ojo. El propio objeto, el propio instrumento, incita a su uso. El uso se convierte en su propia finalidad. Homero, según cuenta Ferlosio, lo tenía tan claro que hacía a la "perversión instrumental" la casa última de las guerras: "El hierro, por sí solo, atrae al hombre". Esta viñeta de El Roto describe mejor que mil palabras la "perversión instrumental" asociada a la posesión y uso de las armas.



La búsqueda de explicaciones o "justificaciones" racionales de la violencia ha sido y es tarea del intelecto en todas las épocas, pero la oscura sensación de que, en último extremo, subyace en la violencia el "placer funcional" de su posesión y uso siempre ha estado presente y explica las limitaciones a su libre compraventa. No son las armas unas mercancías inocentes. No son unos simples medios separados de la consecución de unos fines independientes de ellas. Se mata porque se tienen armas es una descripción más certera de las cosas que la idea de que se tienen armas para matar.

Y con los automóviles sucede algo semejante. Todo conductor conoce cómo el motor de alta cilindrada atrae la presión del pie sobre el acelerador. Aquí, también, la "utilidad del proceso" o el "placer funcional" del dominio de la velocidad se superpone a la "utilidad del objetivo", tanto, tanto, que puede acabar con esta última fuente de satisfacción cuando sobreviene el accidente. Sorprende por ello que, siendo el mecanismo tan parecido al caso de las armas, y estando tan a mano la posibilidad técnica de cortar con la "perversión instrumental" asociada al "placer funcional" de la conducción a gran velocidad vía el establecimiento de limitadores de velocidad en todos los motores, la única respuesta pública sean las lamentaciones semanales por el número de víctimas de la "carretera" (sic), como si las carreteras matasen a alguien, y la penalización aleatoria caso de ser cogido in fragganti por la policía de tráfico. Tal posición implica "razonar" que los individuos "deciden" voluntaria y racionalmente la presión que aplican al acelerador de sus coches. No hay que ser muy mal pensado para encontrar a quién beneficia tal engaño. Díce también mucho del interés de una economía por el bienestar humano el que sea incapaz de eliminar esa causa de sufrimiento.
P.D. Me entero tras haber escrito esta "entrada" que el análisis en términos de "utilidad del proceso" ha sido retomado por un economista de la talla de Bruno S.Frey en diferentes campos que van desde la economía de la felicidad y el análisis de la participación política hasta el estudio de la estructura de los mercados de trabajo. Para más información, vese sui página web en donde están disponibles esos estudios.
Bibliografía.
R.Sánchez Ferlosio. "¿Tú de qué lado estás?" en El alma y la vergüenza (Barcelona:Destino,2000)
G.C.Winston. The Timing of Economic Activities. Firms, households, and markets in time-specific analysis (Cambridge, Mass.: Cambridge University Press, 1982)

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