domingo, 23 de diciembre de 2007

DOS MEJOR QUE UNA. La economía de la poligamia.

Parece que fue en el Código de Justiniano, allá por el siglo VI, donde la poligamia (aunque lo correcto sería decir en este caso la poliginia, el matrimonio de un varón con varias mujeres) se prohibió formalmente a los cristianos, interdicción que, con el transcurso de los tiempos, se generalizó para todos los habitantes del mundo occidental. Hoy la poligamia se contempla, desde la cultura occidental, como un vestigio del estado más bárbaro de las sociedades patriarcales, ejemplo definitivo un machismo explotador de la mujer. Dado que las sociedades que toleran la poligamia se encuentran en los países del Tercer Mundo y son fundamentalmente islámicas, esa visión de la poligamia pasa por ser una correcta descripción de la realidad.

Pero, una vez más, la Economía obliga a cuestionarse esas ideas. En principio el emparejamiento monógamo pudiera pensarse que está conforme con los patrones establecidos por la naturaleza pues, de modo natural, la población adulta se reparte aproximadamente en un 50% entre ambos sexos. Sin embargo, la historia y la antropología nos muestran que el matrimonio polígamo ha sido aceptado en multitud de sociedades humanas durante largos periodos por lo que no se puede concluir que la monogamia sea la forma de emparejamiento natural (de 1231 sociedades estudiadas sólo 186 eran monógamas, 4 poliándricas y el resto -1041- practicaban más o menos frecuentemente la poliginia). Tampoco puede decirse que la poligamia sea característica de sociedades atrasadas. Las culturas china e islámica en su época clásica en general no pueden decirse que fueran per se "atrasadas" sin deslizarse demasiado en el juicio de valor que supone el considerar a la nuestra como la "avanzada". Y , además, y de forma destacada está la cuestión de lo que podríamos denominar, la poligamia sumergida o incompleta que siempre ha sido frecuente en el mundo occidental, si bien quizás ahora sea menos habitual que hace 50 o 100 años, cambio que se suele poner en relación con la generalización de la llamada "monogamia sucesiva" que ha propiciado la facilidad para divorciarse junto con otras "liberaciones" de las costumbres sexuales. La coexistencia continuada de mujer legal y amante casi oficial ha sido siempre relativamente común para aquellos varones que económicamente se lo podían permitir, varones que formaban la élite económica, política y cultural de las sociedades occidentales. Admitida, pues, la existencia de relaciones polígamas en todas las sociedades humanas, tres son las cuestiones que habría que considerar y plantearse desde un punto de vista económico (aunque, como siempre, hay otros: el biológico, el antropológico, el religioso, etc.): 1ª) Porqué de lo habitual de la poliginia frente a la poliandria, 2ª) porqué de la desaparición paulatina de esa forma de emparejamiento y, 3ª) quién gana y quien pierde relativamente con esa practica y su extinción.

En cuanto a la primera pregunta, la que indaga por el mínimo peso de las sociedades poliándricas en el conjunto de las sociedades humanas, la razón económica más comúnmente aceptada apunta a que la poliandria estaría presente en algunas sociedades tan crónicamente pobres que la escasez de recursos obligaría a establecer mecanismos adicionales a los habituales (tabús sexuales) que restrinjan aún más la natalidad (así, a veces, la poliandria se la encuentra en sociedades que practican además el infanticidio femenino como sistema de regulación directo de la natalidad vía la disminución del número de "fábricas" de hijos) a la vez que faciliten la supervivencia del número necesario de niños para que la sociedad se perpetúe. Y, en efecto, la poliandria satisfacería ambos objetivos en la medida que una mujer sólo puede tener un determinado número de niños a lo largo de su vida fértil independientemente del número de maridos que tenga y por otro lado, un niño con varios "padres" tendrá más posibilidades de sobrevivir. También la poliandria está asociada a situaciones en las que es importante para el clan familiar que la propiedad común no se deshaga, en tal caso se encuentra la poliandria consistente en que todos los hermanos se casan con la misma mujer.

Si de la poliandria pasamos a la poliginia la situación se invierte. El número de niños crece cuando un hombre tiene más de una esposa pues sus mujeres pueden estar simultáneamente embarazadas. Cierto que si no estuviesen casadas con ese hombre en concreto podrían estarlo con algún otro, pero la tasa de reproducción sería menor a tenor de la capacidad diferencial de los más ricos para tener más mujeres y mantener también a una prole más numerosa. Las razones económicas para este tipo de poligamia operarían simultáneamente en dos frentes. Por un lado, la capacidad de mantener más mujeres sería un ejemplo más del tipo de consumo conspicuo o posicional que Thorstein Veblen analizó en su Teoría de la Clase Ociosa, estar emparejado con dos o más mujeres sería pues una señal de posición social y económica que sólo pueden transmitir aquellos cuya riqueza destaca sobre la del resto. Por otro lado, en sociedades donde existe una rígida división por géneros del trabajo de modo que hay trabajos tabú para los varones, la existencia de matrimonios con varias mujeres se justificaría también por las necesidades mayores de factor trabajo femenino de aquellos hogares más ricos.

Obsérvese que en cualquiera de los dos casos, la explicación económica de la poligamia pasa por considerar a las mujeres como un objeto, ya sea un bien de consumo ya un factor de producción, propiedad de los varones. De ahí, el juicio que habitualmente se esgrime contra la poligamia al considerarla como se ha dicho al principio, propia de sociedades patriarcales caracterizadas por la subordinación de las mujeres. Lo que nos lleva a la tercera de las cuestiones planteadas previamente.

Resulta obvio que si no hay consentimiento por parte de las mujeres que entran en una relación poligámica, tal relación las perjudica, pero ¿qué decir si la pertenencia a una relación polígama es voluntaria? En tal caso, desde la Economía, nada se tendría que objetar. Bien pudiera ocurrir que si el señor A se casa con las señoras B, C y D, aceptándolo estas informada y sin coerción social o económica de ningún tipo, ese matrimonio polígamo no sea la opción preferida para ninguna de ellas, que tanto la B como la C como la D prefiriesen ser la única pareja de A, pero el que no sea el optimo optimorum ello no significa que no haya sido la opción preferida por cada una de ellas a la alternativa: no estar casadas con A. En consecuencia, ni B, ni C ni D pierden con la poligamia voluntaria. Pero ¿qué pasa con el resto de las mujeres? Pues que indudablemente, en principio, se benefician si la distribución por sexos es aproximadamente la que surge de modo natural: mitad hombres mitad mujeres. La razón es obvia: en el mercado informal de relaciones sexuales la existencia de poligamia lleva a una descompensación, un exceso de oferta de varones o lo que es lo mismo, un exceso de demanda de mujeres que haría subir el precio implícito de éstas. Viene aquí bien recordar que el matrimonio por compra, en el que el marido ha de pagar un precio a la familia de la esposa es habitual en la sociedades polígamas, es revelador a este respecto que el "precio de la novia" ha ido cayendo en sociedades polígamas como la del Senegal conforme el matrimonio monógamo se ha ido extendiendo. También merece la pena señalar que, de acuerdo con la idea de un precio implícito de las mujeres más elevado, es habitual que el status social y jurídico de las mujeres en las sociedades polígamas sea habitualmente equiparable al de los varones. Finalmente, y desde esta perspectiva, resulta extraño la desconsideración que las mujeres en general solían tener por las "amantes" en general dado que el concubinato actúa como poligamia encubierta.

¿No tienen ningún coste las mujeres en una sociedad polígama? Pues frente a lo que se suele pensar, no parece que haya ningún coste si se trata de una sociedad liberal, si no lo es habría un coste para las mujeres casadas asociado a la necesidad que los maridos, polígamos o no, tienen de proteger el recurso escaso al que tienen acceso diferencial. Han de "defender" a sus mujeres del resto de varones que carecen de ellas, lo cual se suele traducir o bien en costumbres que restringen sus posibilidades de movimiento no sólo físico sino en un sentido general (se las recluye en gineceos o harenes, siempre vigiladas con todos sus movimientos controlados) o bien, y como como método disuasorio, se aumenta el castigo por la infidelidad.

Y ¿qué pasa con los varones? Están por un lado los que se benefician de la poligamia, los polígamos que pueden satisfacer en mayor medida sus preferencias sexuales, sus deseos de paternidad más abundante o sus afanes de ostentación y señalización de prestigio. Pero al resto, es decir, la mayoría la situación se les complica. Curiosamente, son los varones los que "pagan" el precio de la poligamia. O bien renuncian al emparejamiento convirtiéndose en solteros, o bien abandonan el mercado de relaciones heterosexuales para entrar en el de las homosexuales, o bien no les queda otro remedio que entrar en una competencia posicional para "conquistar" a alguna mujer de modo semejante a cómo en las especies animales polígamas los machos han de invertir en tamaño, plumaje, agresividad, etc, para poder acceder a alguna hembra y entrar en la cadena de la reproducción. Como se ha observado repetidamente, esa competencia posicional entre machos en la naturaleza es perjudicial para ellos, no sólo porque el resultado de sus peleas competitivas pueden herirles, sino porque esas inversiones en tamaño o en señales como el plumaje los hacen normalmente más propensos a ser víctimas de sus depredadores. De igual manera, en las sociedades humanas, es predecible que los varones de las sociedades polígamas serán más agresivos y competitivos, dando así lugar a sociedades más violentas y agresivas no sólo internamente sino también para las demás sociedades (una de las causas típicas de la guerra tribal es así el expolio de mujeres). Si lo anterior es defendible, se puede avanzar la hipótesis de que la prohibición de la poligamia se puede entender como un mecanismo que las sociedades han establecido para evitar que esa competencia posicional entre "machos humanos" se desmande y ponga el peligro la estabilidad social interna y externa de las sociedades, estabilidad que se fue haciendo cada vez es más importante desde una perspectiva histórica conforme el crecimiento económico se reveló como una fuente más importante de riqueza que la rapiña. No es de extrañar por ello, que la poligamia sea hoy contemplada como un vestigio de una época pretérita cuya tolerancia se mantiene por razones religiosas pero cuya importancia práctica queda reducida a aquellas sociedades que, por motivos de guerra (Chechenia, p.ej.) o emigración, tienen un déficit relativo de varones.

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