domingo, 13 de abril de 2008

"MALTHUS RETURNS?". GLOBALIZACIÓN E IMPERIALISMO.

La gran noticia económica de estos últimos tiempos, además de la crisis de las hipotecas subprime en EE.UU y su contagio por los mercados financieros de todo el mundo, con la amenaza que ello supone de donvertirse en una crisis que afecte a las economías reales, está siendo el rápido ascenso de los precios de las materias primas y de los alimentos básicos en los mercafdos internacionales, sus efectos socioeconómicos y las respuestas que ello está dando lugar. El hambre está ya de vuelta en lugares en los que parecía que las cosas iban para mejor: buena parte de Africa, Bolivia, Haití, Nicaragua y República Dominicana en América, Afganistán, Timor Oriental, Corea delñ Norte, Bangladesh, Irak, Indonesia, Nepal, Pakistán y Sri Lanka en Asia y hasta en Europa Chechenia y Moldavia pueden experimentar situaciones de penuria. La FAO estima que en los próximos meses más de 100 millones de personas van a pasar hambre. Algunos medios como Le Monde (13/04/98) ya lo han anunciado: Thomas R.Malthus estaría ya de vuelta, y aunque parece que las noticias de su retorno son un poco prematuras, se diría que sí que el bueno del reverendo tuviese ganas. Así, aunque la oferta alimentaria mundial ha experimentado un alza pese al vcambio climático (p.ej., la de cereales habría crecido este año en un 2,6%), mayor habría sido aún el crecimiento de la demanda. El resultado el ascenso en los precios del trigo, el arroz y el maíz, la base de la alimentación mundial, que estaría golpenado con fuerza a los más pobres. Y no tanto por la demanda ha sido insuficiente se a experimentar un alza la producción alimentaria mundial, la demanda ha crecido aún más. Pero ¿a qué se debería el crecimiento en la demanda que ha dejado en poco el crecimiento ede la oferta? Pues bien, la lista de "culpables" es breve: los biocombustibles y los chinos e indios. O, dicho de otra manera, la tan mentada globalización.

Por un lado, la globalización estaría permitiendo que los consumidores más ricos de los países ricos estuvieran consiguiendo desviar una parte cada vez mayor de las tierras agricolas del mundo entero a un uso por demás curioso: no para alimentarse ellos sino para alimentar a sus coches de forma más ecológica, es decir, que habría aparecido un nuevio uso para las cosechas de granos del mundo lo que se traduce en la subida de sus precios a menos que la oferta responda adecuadamente. Por otro lado, India y China están por fin recibiendo los frutos de su integración en los flujos comerciales internacionales, dado su tamaño, el ascenso en su capacidad de consumo está suponiendo un estímulo adicional al crecimiento de la demanda mundial de alimentos imprevisto. Sencillamente, parece que estamos asistiendo al fin a la puesta en escena del viejo debate acerca de si es factible un crecimiento generalizado de las rentas mundiales, es decir, de si se puede generalizar el modo de vida occidental a escala planetaria. Los economistas suelen pensar que sí. Pero, frente al optimismo habitual en los economistas siempre, eso sí, que se les haga caso en sus recomendaciones, he recordado estos días la pesimista opinión de Aldous Huxley allá por 1950 respecto a las causas profundas de la II Guerra Mundial. Merece la pena leerla porque da qué pensar:

"Está de moda en nuestros días decir que Malthus estaba equivocado puesto que no previó el que métodos mejorados de transporte podrían hoy garantizar que los excedentes de alimentos producidos en una zona puedan ser trasladados de forma rápida y barata a otra en que haya una escasez. Pero hay que señalar en primer lugar, que los métodos modernos de transporte fallan cuandoquiera que los políticos recurren a la guerra moderna, e incluso cuando los combates se apagan quedan dañados durante tiempo suficiente como para garantizar el hambre de millones de personas. Y, en segundo lugar, que ningún país en que la población haya sobrepasado la oferta local de alimentos puede, bajo las condiciones actuales, esgrimir un derecho sobre los excedentes de otros países a menos que pague por ellos ya en divisas ya en exportaciones. Gran Bretaña y los demás países de Europa occidental que no pueden alimentar por sí solas a sus densas poblaciones, han sido capaces, en tiempos de paz, de pagar por los alimentos que importan por medio de la exportación de productos manufacturados. Pero la India y la China atrasadas industrialmente –países en que la pesadilla malthusiana se ha hecho vengativamente realidad a una escala enorme- producen pocos bienes manufacturados, por lo que consecuentemente les faltan los medios para comprar de las zonas subpobladas los alimentos que necesitan. Pero caso de que logren desarrollar industrias de producción en masa hasta el punto de que sean capaces de exportar lo suficiente para pagar por los alimentos que sus poblaciones rápidamente en ascenso requieren, ¿cuál será el efecto de ello sobre el comercio mundial y la política internacional? Japón tuvo que exportar bienes manufacturados para poder pagar por los alimentos que no podían producirse en sus saturadas islas. Los bienes producidos por trabajadores con un bajo nivel de vida entraron en competencia con los bienes producidos por los trabajadores mucho mejor pagados de Occidente y los echaron de los mercados. La respuesta de Occidente fue política y consistió en la imposición de elevados aranceles, cuotas y embargos. A estas restricciones en su comercio la respuesta de Japón fue un plan para crear un vasto imperio asiático a costa de la China y de los imperialismos occidentales. El resultado fue la guerra. ¿Qué sucederá cuando la India y China estén tan altamente industrializadas como el Japón de preguerra y busquen intercambiar sus baratos productos manufacturados por alimentos en competencia con las potencias occidentales, cuyo nivel de vida es mucho más elevado que el de ellas? Nadie puede predecir el futuro; pero indudablemente la rápida industrialización de Asia (con un equipo, hay que recordarlo, del mejor y último diseño) está preñada de las más peligrosa posibilidades"


Aldous Huxley, Science, Liberty and Peace , (London: Chatto & Windus, 1950), pp.55-56

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