viernes, 19 de diciembre de 2008

DE LA CABALGATA DE REYES AL COPAGO SANITARIO: EL EFECTO PRECIO-CERO

                      Lo único que a estas alturas de la Historia es obligatorio no perderse de las próximas fiestas navideñas es la cabalgata de reyes. Y no una en particular, pues, para lo que voy a referirme aquí, cualquiera vale. Y esta obligación tampoco, obviamente, tiene nada que ver con la sensación de normaliodad que da ver a Sus Majestades los Reyes Magos cumplir ilusionadamente una vez más su contrato de trabajo temporal para El Corte Inglés. No, lo imprescindible es volver a presenciar de nuevo el espectáculo que dan los padres y los abuelos de los encandilados niños de la novena (o la décima, da lo mismo) potencia económica del mundo cuando en la cabalgata dejan a un lado su dignidad y achaques y gritan como posesos para llamar la atención de los "pajes", y se empujan y pelean y se tiran al suelo por pillar unos cuantos caramelos cutres  para sus cada vez más obesos retoños, que, por su parte, ven el espectáculo que les ofrecen sus mayores con el distanciamiento de unos experimentados consumidores que pasan de cualquier dulce que no sea de marca. Se trata sin lugar a dudas de un grandioso "evento" que es instructivo y además gratuito y que, por tanto, no hay que perderse.
               
                    Aunque si resulta que alguien no puede ir, que no se preocupe pues no es el único evento de estas características. Por ejemplo, aquí en Madrid, un domingo de estos una benefactora organización dedicada no recuerdo si empeñada en defender a los niños de las aldeas o en repoblarlas con ellos da un cocido "solidario" en la Plaza Mayor. Y es también un acontecimiento digno de verse observar cómo centenares, cuando no miles de personas hacen larguísimas colas para conseguir una racioncita de rancho cuartelero que se toman de pie en unos cutres platos de plástico con unos cutres cubiertos del mismo material (la misma benéfica institución creo que regala con el mismo éxito un pedazo de roscón navideño un día de estos). Y este espectáculo no es que deba continuar, es que continua. Sólo hay que ver el gurigay que se monta cada vez que los agricultores, como muestra de su solidaridad con los consumidores y su desamparo frente a los intermediarios, convocan al personal para regalarle unas cuantas lechugas o unos cuantos tomates. El personal responde solidariamente como sabe, o sea, en masa, dándose de tortas si es preciso para recibir algo de harina. Y no son sólo jubilados y gente mayor quienes tan activamente pugnan por lo regalado. También los adolescentes y jovenes emulan a sus mayores y basta con que se regale unas entradas o un CD con alguna olvidable cancioncilla para que allí estén dispuestos a perder todo el tiempo que sea necesario.

                      Que ¿qué es lo que tienen en común todos estos espectáculos, tan humanos todos ellos? Pues que son la respuesta predeciblemente irracional(1) a una misma circunstancia: al la posibilidad de acceder a algo gratis. A la señal de ¡gratis!, lo poco de razonable y de digno que nos va quedando a los seres humanos reales (no a los teóricos que pueblan las mentes de filósofos, moralistas y economistas que de todas esas virtudes andan bien surtidos) se deja de lado alborozadamente. Ahora bien, esto tiene un punto de extraño, pues guiándose las gentes en sus decisiones y comportamientos por refranes y dichos uno pensaría que no se dejarían fácilmente llevar por semejantes alborotos ya que deberían concluir que si lo barato sale caro, como dice el dicho popular, lo que es gratis...pues muchísmo más. Pero da igual, como es gratis hasta la "sabiduría" popular, que sólo en algunos casos como este tiene sentido, se aparca sin reparo alguno. Está claro: ante lo gratuito, toda consideración y compostura están de más. A esta capacidad casi mágica que tiene la palabra "gratis" la han denominado efecto precio-cero Dan Ariely y otros estudiosos (2) que se encuentran en la borrosa línea que separa (o une) la Psicología con la Economía y que están generando un entero corpus teórico al que se conoce como Economía del Comportamiento.

                      El efecto precio-cero viene a decir que el que "algo" sea gratis, el que su precio pase a ser cero, dota a ese "algo" de un valor adicional en la mente de cada consumidor que hace que su demanda experimente un crecimiento enorme, un salto discontinuo. Más concretamente, supongamos que hay dos bienes sustitutivos X e Y, y que el precio de y, Py, (p.ej., 25€) es mayor que el de X, Px (p.ej., 10€), o sea, que Py > Px. Pues bien, si el precio de los dos bienes cae en la misma cantidad (por ejemplo, en 5€), a los nuevos precios de Y (20€) y de X (5€), aumentan las compras que los consumidores hacen del bien X y -posiblemente- también de Y (aunque su precio relativo Py/Px haya crecido al pasar de 25/10 (=2,5) a 20/5 (=4)). Ahora bien, cuando ambos precios bajan otros 5€, el de Y pasa a ser Py=15€ y el de X sería ya cero, o sea que el bien X ya saldría gratis (Px=0), y, entonces, lo que los experimentos muestran es que el consumo de X se dispara y el de Y cae a pesar de la caída en su precio. Esta discontinuidad en la demanda de X acontece precisamente cuando el precio de X pasa de tener un valor positivo, aunque sea pequeño, a ser nulo. Es el hecho de pasar a no costar nada, el hecho de que salga gratis, el hecho de no tener que pagar nada a cambio, lo que hace saltar en nuestros cerebros como un resorte la valoración que tiene para nosotros el bien.

                      Dan Ariely ha propuesto diferentes explicaciones de este efecto precio-cero. Una de ellas es que la eliminación del dinero en una relación económica la "saca" del mundo de las relaciones mercantiles y la resitúa en el marco más amplio de las relaciones sociales. Dicho más explícitamente, cuando ya no se ha de pagar un precio por acceder a un bien, el comportamiento de los individuos ya no viene determinado exclusivamente por el cálculo económico (la maximización de la ganancia individual) sino que empiezan a jugar también criterios extraeconómicos. Así, puede incluso ocurrir que en una sociedad pobre, pequeña y "no adquisitiva" puedan incluso observarse efectos precio-cero "negativos", en el sentido de que el no pagar un precio por un bien devuelve su asignación a un espacio social que, al primar la contención, lleva a que los individuos limiten sus demandas, en tanto que cuando se ha de pagar un precio, ello es vivido por los individuos si ello les eximiese de cualquier otra restricción que no sea su capacidad monetaria, es decir, como permiso para a comportarse si se desea del modo más dispendiador que les plazca si tienen dinero para ello. A veces se observa así, que en pequeños grupos, cuando un bien se provee de forma gratuita los individuos responden moderadamente pues asumen la necesidad de no derrochar su uso del mismo en atención al bien común. Pero en sociedades de mercado más ricas y complejas, tales restricciones extraeconómicas desaparecen pues las posibilidades de control de los individuos por parte del grupo decrecen.

                  Otra explicación para el efecto precio-cero parte de la constatación de que, en muchas ocasiones, los individuos tienen dificultades para convertir en dinero las valoraciones psicológicas de los bienes que compran de modo que siempre les queda la duda de si lo que compran merece la pena pues no están seguros de cuánto "vale" realmente para ellos (¿"vale"  realmente para mí en 25€ esa camiseta que está en el escaparate a un precio de 25€? seríael el tipo de pregunta habitual cuando se da esa dificultad). Esta desconfianza consecuentemente tendería a desincentivar  la compra en cierto grado. Pues bien, en esas circunstancias, el no tener que pagar nada convierte la experiencia de acceder a un bien en una inequívoca ganancia pues nada se paga. Esta explicación es poco plausible en la medida que no explica la gran disconitunidad que surge cuando el precio pasa de ser muy pequeño a ser cero. Finalmente, una tercera explicación recae sobre la calificación afectiva positiva que de modo especial suscitan las ofertas gratis en los individuos que guían frecuentemente sus decisiones al margen de los criterios evaluativos de tipo cognoscitivo. Dicho de otra manera, cuando algo se nos da gratis nos sentimos especialmente bien, lo que da a ese algo un valor adicional y ello se superpone al uso de criterios racionales en nuestro comportamiento. Es esta última la justificación psicológica que, al parecer, mejor explica el efecto precio-cero según Shampanier, Mazar y Ariely.
 
                Y ahora, vayamos al asunto del copago sanitario. El debate acerca de la forma de regular el sistema sanitario público de modo que el crecimiento de los gastos sanitarios se modere es un debate que siempre desborda el análisis económico/técnico (si tal cosa es posible) para entrar de lleno en el terreno de la lucha política. Es ello, por otro lado, absolutamente deseable pues, a fin de cuentas, cualquier regulación del acceso a la sanidad pública requiere de un debate abierto a diversos enfoque y perspectivas pues es sin duda uno de los derechos sociales básicos cuya conquista marca de modo claro la diferencia con otras épocas. Por entonces, cuando la medicina no era sino charlatanería y magia, la cuestión de cómo regular el acceso a la "sanidad" no tenía la menor importancia pues, dada su nula eficacia clínica, bien daba igual que sólo los más pudientes pudieran "disfrutar" de los tratamientos médicos. Hoy las cosas son enteramente diferentes. Una vez que tras la década de 1930 la medicina empezó a tener remedios a los males físicos y mentales de los hombres, el cómo regular el acceso a ella ha cobrado una importancia clave. Dejar el entero asunto en manos del mercado pronto se observó que era ineficiente e injusto.

                  La  solución que se encontró en los países más civilizados fue la creación de un sistema nacional de salud que, sobre la base financiera de un seguro obligatorio y de los recursos fiscales generales, ha posibilitado el acceso a la mayoría o a toda la población a la atención sanitaria. Pero esta solución, como sucece en muchos otros tipos de seguros ya sean privados o públicos, adolece de un problema asociado a la información asimétrica, concretamente el llamado riesgo moral. Por él hay aquí que entender la imposibilidad de controlar el comportamiento de una de las partes de una transacción económica de modo que su comportamiento sea el más adecuado a la eficiencia. En los seguros a todo riesgo de los coches, el riesgo moral aparece, por ejemplo, como consecuencia de la incapacidad de una compañía de seguros para obligar a sus asegurados se comporten con cuidado, p.ej., no rayando voluntariamente el capó de sus coches ante el menor desconchón para conseguir así que se lo pinten todo y se lo dejen como nuevo.

                En el campo de la sanidad, el riesgo moral se traduce en que al ser cero el precio explícito o monetario que pagan los individuos cada vez que recurren a los servicios de asistencia sanitaria, los individuos utilizan en demasía esos servicios. Una de las medidas que de forma indirecta pretenden dar cuenta de esta utilización excesiva de los servicios médicos es, como se dijo en la primera entrada de este blog, Listas de espera y eficiencia (10/10/07), las listas de espera, que suponen el poner un precio implícito por el uso de los servicios de sanidad en la medida que al al tener un coste de oportunidad el tiempo, al "valer" el tiempo dinero, el tener que esperar equivale a pagar indirectamente por el uso de los servicios. Sin embargo, pese a su utilidad, las listas de espera no son el mecanismo más idóneo para racionar la demanda racionalizando el uso de la asistencia sanitaria. Por eso, repetidamente se oye la necesidad de atacar el problema imponiendo un precio explícito, yendo al copago. Es decir, al igual que ya se hace con los productos farmacéuticos, con el copago se pretende que el paciente pague algo por la utilización de los recursos del sistema sanitario.

                Cada vez que aparece esa palabra en los debates, rápidamente aparecen voces discrepantes que señalan que el copago es ineficaz para contener los gastos sanitarios e inequitativo, ya que que o bien el copago es tan elevado que acaba penalizando a quienes más necesiten de esos servicios médicos públicos (pobres, enfermos de enfermedades graves y crónicas, ancianos) de modo que ello acabaría afectando a sus niveles de salud; o bien, si el copago es bajo, entonces es irrelevante para contener el crecimiento de los gastos sanitarios. La consecuencia es que en su mayoría los defensores del sistema público de salud, están casi en su totalidad en contra del copago.


                      El debate sigue abierto y no me voy a meter aquí plenamente en él. Estoy a favor del mantenimiento de la sanidad pública y de su expansión en la línea de una mayor calidad de sus servicios, lo que exige dada la escasez de recursos la búsqueda de mayor eficiencia en la provisión de sus servicios, lo que obligaría (entre otras líneas) a eliminar la provisión de servicios económicamente ineficiente. Ahora bien, voy aquí a aportar un elemento a la discusión, un elemento que favorece claramente a los partidarios del copago. ¡Qué se le va a hacer! Sólo puedo decir que defenderlo no equivale a la privatización de la sanidad pública.

                        En efecto, en la medida que el efecto precio-cero es real y todo parece indicar que sí lo es, entonces es previsible que también se observe a la inversa, es decir que el proceso opuesto al de rebajar un precio hasta cero, o sea el poner un precio pequeño pero diferente a cero a un bien que antes se daba gratis, desate el efecto precio-cero al contrario y haga decrecer de modo importante su demanda. Aplicado esto al caso de la asistencia sanitaria, ello implicaría que la fijación de unos pequeños precios por la visita al médico de atención primaria y a las urgencias hospitalarias puede tener un efecto mucho más desincentivador sobre la demanda, y por lo tanto sobtre los gastos médicos y su crecimiento, de lo que podría a priori esperarse. Un pequeño ticket moderador, por ejemplo, un euro por visita por término medio al médico general y un precio algo mayor por acudir a urgencias, podría así tener un efecto relevante sobre el uso de los servicios sanitarios sin ninguna merma en la efectividad médica.

NOTAS

(1) Esa es la traducción de un libro de Dan Ariely, Predictibly Irrational, cuyo capítulo 7 trata del efecto precio-cero.- En español se ha traducuido como Las trampas del deseo (síc, sí la "traducción" se las trae) (Barcelona, Ariel, 2008)

(2) Shampanier, K.; Mazar, N.; Ariely, D.: "Zero as a Special Price: The True Value of Free Products", Marketing Science, Vol. 26, No. 6, NovemberDecember 2007, pp. 742–757

2 comentarios:

  1. Tal y como Steven D. Levitt apunta en su famoso best-séller "Freakonomics", la imposición de un precio simbólico sobre un servicio antes gratuito puede no tener el efecto de disuadir a los consumidores de utilizar dicho servicio. Levitt señala cómo ante los retrasos de los padres al recoger a sus hijos de la guardería, una multa simbólica de tres dólares por niño cada vez que se retrasen más de diez minutos, lejós de acabar con los retrasos, los incrementa considerablemente. Atribuye esta respuesta a la sustitución de un incentivo moral (la culpabilidad por retrasarse) por un incentivo económico (la sanción de tres dólares). Volviendo al asunto del copago, cabe la posibilidad de que la imposición de un euro por consulta termine con la poca sensibilidad de la gente hacia uso adecuado y eficiente de los servicios médicos. Puedo imaginarme a un grupo de señoras de la tercera edad cambiando su café de las tardes por una merecida visita al médico, puesto que han pagado su correspodiente precio. La única forma de evitar un uso innecesario e ineficiente de estos servicios sería el establecimiento de un precio lo suficientemente alto como para disuadir a la gente de utilizar como "pasatiempo" la visita al médico. Esto lleva irremediablemente al fin de la sanidad pública, uno de los mayores logros del Estado del Bienestar. Por tanto, mucho me temo que, como en muchos otros casos, la única vía para solucionar el problema es la concienciación social para un uso razonable de los servicios públicos.

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  2. Sí, el comentario de Levitt acude a los efectos negativos que las motivación intrínseca (el incentivo económico para comportarse bien) tiene sobre la motivación extrínseca (el comportarse bien porque eso es lo moral o socialmente correcto), sólo que aquí, en el uso de los srvicios de salud y a diferencioa de lo que sucede en el ejemplo de la guardería, no sé qué es un comportamiento social o moralmente adecuado. ¿Hay acaso un incentivo moral a ir menos veces al médico, como sí lo hay para no retrasarse en recoger al niño en la guardería? Creo que no. Uno va al médico si cree que lo necesita y si el precio le compensa, por lo que poner un precio simbólico no creo que estimule más la demanda, sino todo lo contrario, como sostengo en la entrada.

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