miércoles, 28 de enero de 2009

LECCIONES DEL TITANIC (I): ¿sálvese quien pueda o las mujeres y los niños primero?

De la zarabanda de noticias de las última semanas en cualquiera de los muchos "frentes" informativos que la Realidad tiene abiertos hay una que, a diferencia de las de todas las demás, creo que debería perdurar y quedarse anclada en nuestra memoria y en nuestra imaginación. Se trata de esa que ha salido en los periódicos de todo el mundo en la que un economista del comportamiento, David Savage, se ha atrevido a lanzar una hipótesis explicativa acerca del -llamémosle- "comportamiento diferencial" que se observó entre los pasajeros de diferentes nacionalidades cuando el Titanic se fue a pique. Pero antes de comentarla como sin duda que se merece, lo que habrá de esperar a una entrada posterior dado el tamaño que ha alcanzado la presente, es necesario ponerla en su debido contexto pues esa información periodística no es sino un comentario a una parte de las conclusiones de un trabajo de investigación llevado a cabo por el antedicho Savage junto con otros dos economistas, Bruno Frey y Benno Torgler, publicada en la red (1) con el que han pretendido contrastar algunas hipótesis acerca del comportamiento altruista de los individuos.




Como es bien sabido, la Economía se ha construido a partir del supuesto de que los individuos son egoístas racionales, es decir, que su comportamiento está guiado por la persecución racional de sus propios y privados intereses, sean estos los que sean. Y lo que más sorprende a quienes se meten en esto de pensar como economistas, es que éso, el que cada uno actúe yendo "a la suya", "pasando" de los demás, no es algo que haya que lamentar como fruto de la debilidad o la maldad del espíritu humano sino que, por el contrario, es para los economistas como debemos comportarnos en la mayor parte de situaciones que implican el uso de recursos escasos si queremos que la sociedad funcione de la mejor manera posible. ¡Vaya paradoja! ¿no? Que lo mejor moralmente hablando desde el punto de vista social es que seamos amorales (que no inmorales, hay que subrayarlo pues la diferencia entre una cosa y la otra no es baladí) desde el punto de vista individual fue una conclusión a la que llegaron en el siglo XVIII los miembros de la llamada Ilustración Escocesa y su más egregio continuador y discípulo, Adam Smith reflexionando acerca de la mejor forma de organizar la sociedad humana; conclusión auténticamente revolucionaria que supuso un cambio copernicano respecto a cualquiera de las tradiciones filosóficas, éticas y religiosas del mundo occidental. En efecto, todas esas tradiciones compartían una idea subyacente, la idea de que a menos que los individuos se tropezasen con cortapisas y restricciones en su comportamiento, ya interiorizadas (las suministradas por la moral o la religión) ya procedentes del exterior (las impuestas por la autoridad del Estado), o sea, si cada uno hacía lo que le viniera en gana, el caos, la inseguridad y la miseria reinarían pues los peores instintos animales camparían por sus respetos haciendo inviable la convivencia social. Siempre en suma había parecido evidente que sin moral, religión y policía el mundo social devendría en jungla, y por ello, no es posible calificar sino de revolucionaria la llamada Conjetura de Adam Smith, la idea de que para que las cosas vayan bien en la sociedad no se requiere de los individuos que se comporten bien comportamiento tal y como lo prescriba alguna ética o lo imponga coercitivamente el Estado, sino que basta con que cada cual persiga su propio interés si (y este si es un importante condicional) las interacciones entre los seres humanos se realizan dentro de un marco institucional definido por un sistema de mercados competitivos.




Pero obsérvese que si bien Adam Smith sostenía que para el bienestar general no era necesario que los individuos fuesen benevolentes hacia los demás, es decir, que bastaba con que los individuos fuesen moralmente egoístas en el sentido de que no era necesario que su comportamiento fuese guiado por una preocupación por el bienestar de los demás (2), o sea, que cada uno fuese "a la suya"; también era muy consciente de que había situaciones donde los mercados no funcionaban bien (caso de que los mercados no fuesen competitivos o en presencia de externalidades positivas y negativas) o simplemente no existían (caso, por ejemplo, de los bienes públicos). En tales situaciones la intervención de la autoridad política y el comportarse de acuerdo a principios morales recuperaban su justificación como factores coadyuvantes para la consecución de un armónico orden social. También Smith era, por otro lado, enteramente consciente de que, en la realidad, el comportamiento individual no consecuencia inmediata de la persecución egoísta de los propios intereses sino que estaba muy frecuentemente tamizado o mediatizado por la presencia de unos "sentimientos morales", ya fueran innatos o adquiridos, que llevaban a los individuos a conductas morales con arreglo a las perspectivas éticas tradicionales. Los que ahora se conocen como "comportamientos prosociales", comportamientos en los que los individuos hacen en favor de los demás o del entero colectivo social acciones aunque ello no les sea ventajoso individualmente o incluso les suponga asumir pérdidas o disminuciones en su bienestar son habituales ya sea entre los miembros de las familias, los grupos de amigos, los grupos de trabajadores en las empresas o incluso en en grupos más extensos y desvertebrados como los miembros de una comunidad o los habitantes de una ciudad. Esos comportamientos cooperativos o altruistas son eficientes pues disminuyen los costes de transacción y hacen que la defección, entendida como la obstaculización o la no colaboración en las tareas necesarias para la consecución del bien común, sea costosa. La reprobación o el ostracismo al que se somete a quienes no colaboran en las tareas colectivas es un ejemplo de ese comportamiento penalizador de quienes actúan demasiado egocéntricamente.



Pero el problema siempre ha sido siempre el de cómo "justificar" o mejor explicar la existencia de estos comportamientos prosociales, ya que si no son nada rentables e incluso pueden ser perjudiciales directamente para el individuo, ¿por qué un individuo racional los haría? Sí, cierto que, al beneficiar al colectivo, individualmente quien los hace puede beneficiarse indirectamente, pero aún en los casos de que así ocurriese, la estrategia óptima desde un punto de vista individual es dejar que sea otro el que haga pues recogería todos los beneficios sin hacer frente a ninguno de los costes. El altruismo no es sólo difícil de entender desde el punto de vista económico, tampoco la Biología le encuentra un fácil acomodo. Así, a partir de la teoría de la selección natural de Darwin, los comportamientos altruistas o cooperativos suponen para quien los hace costes que se traducen en un "handicap" en la competitiva "lucha por la vida" en la que todo individuo está inserto, en la lucha porque sus genes se difundan más.




Pero, como sucede con las meigas, comportamientos altruistas haylos, tanto en el mundo vegetal como en el animal como en el humano. El genoma, las células, los organismos multicelulares, los insectos sociales, las manadas, las sociedades humanas son ejemplos de cooperación interindividual. Y la pregunta es la de que cómo es que la selección natural que, en principio, parece dedicarse solo a seleccionar ganadores, a premiar a aquellos que no sólo son más rápidos, más fuertes y más inteligentes sino también más egoístas que los demás en la "feroz" competencia por los escasos recursos, o sea aquellos que van más a la suya, aprovechándose de la "bondad" ajena, explotando a quienes son cooperativos o altruistas cada vez que se tropiecen con uno, favorece a veces también a quienes aparcan en cierto grado sus luchas competitivas y cooperan y son amistosos y ayudan a otros. Porque, está claro, hay abundancia de situaciomes donde lo mejor, desde un punto de vista colectivo, o sea, lo mejor para todos y cada uno a la vez sería que todos fuésemos cooperativos con los demás, ésa sería la solución óptima, la que se seguiría de la consideración de los problemas generales desde el punto de vista de la racionalidad colectiva, pero ésa es también una solución ideal en el sentido de imaginaria ("¡Ay! ¡Qué diferente sería el mundo si no fuésemos comos somos!" es una queja habitual a la hora de explicar las maldades e injusticias de la vida) pues es inalcanzable ("Es que somos como somos: malos" ya sea por un "pecado original" o por los genes, que tanto da una que otra explicación), o si se alcanza alguna vez, inestable, como dicen los economistas. Y la razón es obvia, lo racional desde el punto de vista individual cuando todos los demás cooperan es no hacerlo, pues dedicas todos tus recursos a ti mismo a la vez que te beneficias de la cooperación de los demás, pero claro, si los demás son también racionales, la racionalidad individual les prescribirá para cada uno el no cooperar como mejor modo de comportarse con el resultado de que, a menos una autoridad de este mundo o del otro lo imponga, nadie racionalmente sería altruista o cooperador en la mayoría de situaciones en las que coopera con otros entraña costes. Y es curioso este resultado del problema que plantea el altruismo o la cooperación pues resulta que los inteligentes, los listos, los que van a la suya, acaban construyendo un mundo insolidario, irracional y peor de lo que lo harían si se permitiesen un poco el lujo de ser más tontos, menos seguidores de su racionalidad. La ética, las costumbre sociales, las creencias religiosas no son, desde este punto de vista sino trabas sin base racional alguna, creencias estúpidas, "irracionalidades" colectivas con las que se pretende coartar el comportamiento racional. Y este punto de vista tiene derivaciones cuando menos dignas de mencionarse, siquiera de pasada. Como lo es la visión que da esta perspectiva del llamado "conflicto entre la ciencia y la moral". En efecto, si las creencias morales son en último término absurdas podrán ser aceptadas por los menos inteligentes, por los menos dotados, pero sin duda serán despreciadas por los más inteligentes. Ellos, como ocurre con los científicos, se verán siempre por encima de la moral. Sin duda que Nietzsche se hubiera sentido muy halagado al comprobar cómo la moderna teoría de juegos avala su idea expresada en el Zaratustra de que, por ejemplo, hay que entender el cristianismo como una "moral de esclavos" inaplicable e inaceptable para un "superhombre".

Ahora bien, aún aceptando que la cooperación en las sociedades humanas ( y hasta en algunas de primates como Frans de Waal gusta de reportar) se explica a partir de las normas sociales (aunque esto no hace sino trasladar el problema a un estadio más elevado, pues ¿Cómo se explica el surgimiento de esas normas?), existen otros muchos ejemplos de altruismo y cooperación a niveles donde no cabe hablar de normas de ningún tipo (por ejemplo, a nivel microscópico). La pregunta sigue siendo entonces la misma: ¿cómo explicar la aparición y mantenimiento de la cooperación? Desde la Biología cinco han sido son las razones que se han argüído para explicar o mejor "justificar" la presencia de comportamientos cooperativos o altruistas (3). En primer lugar se ha señalado que buena parte de los comportamientos altruistas son, bien mirado, egoístas, y la razón estriba en que la unidad de selección no son los individuos sino los genes. Los genes "buscan" reproducirse o replicarse y para ello, egoístamente, nos construyen como vehículo o mecanismo para que les reproduzcamos. Ahora bien, dado que los individuos comparten material genético con sus familiares, el altruismo para con ellos estaría plenamente justificado pues al ayudar a quienes están emparentados con nosotros estamos ayudando directamente a la expansión de nuestros propios genes. No es por ello nada extraño que, genéticamente, seamos altruistas con nuestros familiares, un altruismo por otro lado decreciente en la medida que el grado de parentesco entre individuos fuese menor.Ahora bien, este tipo de altruismo que recibe el nombre de "selección de parentesco" o "kin selection" obviamente no explica la existencia de comportamientos altruistas o cooperativos con individuos extraños sin ningún parentesco conocido, con ellos, pues, no habría razones para ser altruista sino todo lo contrario. Pero aquí aparecería una segunda razón para el altruismo, y es la llamada "reciprocidad directa". El altruismo estaría genéticamente justificado como una suerte de inversión que los individuos harían en otros para así crear una red de relaciones con otros a quienes acudir en caso de necesidad. Pero la reciprocidad como explicación del altruismo no parece adecuada cuando las posibilidades de reencontrarse con quienes se ha cooperado son escasas o también cuando hay una asimetría de capacidad (p.ej., una diferencia social o de riqueza) entre quien ayuda y quien es ayudado de modo que es difícil imaginar que el ayudado llegue alguna vez a tener la capacidad de corresponder a quien le ayuda. Se aduce para explicar la existencia de altruismo en estas situaciones a la presencia de lo que se llama "reciprocidad indirecta". Aquí el altruista con su ayuda está "invirtiendo" en "reputación" de la que luego extrae poder, prestigio o ayuda y cooperación de los demás (4) . Una cuarta razón para el altruismo atiende al hecho de que los individuos no se relacionan aleatoriamente entre sí sino que aquellos que son altruistas y cooperativos se relacionan más entre ellos, ello se traduce en que disminuye la posibilidad de que un altruista sea explotado por individuos egoístas, que se aprovechen de su buen comportamiento en la media que no se relacionan con ellos, lo que hace aumentar los "pagos" esperados del comportamiento altruista. A este tipo de reciprocidad se la conoce como "reciprocidad de red". Obsérvese que, en cualquiera de sus formas, acudir a la reciprocidad como motivo para la cooperación implica que ningún comportamiento altruista es desinteresado individualmente hablando. Ni siquiera la famosa Madre Teresa de Calcuta, ya histórico ejemplo de caridad hacia los demás, estaría libre de esta "acusación" puesto que desde esta perspectiva, su comportamiento altruista sería explicado como una inversión a largo plazo que habría hecho guiada por sus "expectativas" (su fe en la existencia de Dios y en un Paraíso) de obtener beneficios eternos en "otra vida". Hay, sin embargo, otra posible fuente del comportamiento cooperativo entre los individuos que no se explica en términos de reciprocidad. Se la conoce como "selección de grupo" y parte de la apreciación de que la selección natural opera a múltiples niveles, de modo de que la unidad de selección, aquello que la selección natural favorece, no son sólo los genes, sino también los individuos y los grupos de individuos. Concretamente, los teóricos de la selección de grupo, que vieron sus perspectivas rechazadas con la visión reduccionista que se estableció en Biología en la década de 1970 y que defendía sólo a los genes como unidad de selección, señalan que aquellos grupos cuyos individuos componentes son cooperadores los unos con otros son más eficaces económica y biológicamente y acaban expulsando o dominando a los grupos con menores niveles de cooperación de los nichos de recursos. Es este el caso que, frente a la interpretación competitiva del darwinismo, esgrimió uno de los personajes más apasionantes de la historia de finales del siglo XIX y principios del XX, el príncipe anarquista Piotr Kropotkin, quien en un maravilloso libro titulado El Apoyo Mutuo publicado en 1902, una absoluta joya de lectura obligada y de ésas que te cambian la forma de pensar, mostraba cómo la cooperación permea la biología y la historia de la humanidad. Al igual que Darwin había extraido su teoría de lo que vió en el viaje en el Beagle observando la diversidad de vida en las Islas Galápagos y otros lugares de los trópicos, Kropotkin sacó sus conclusiones de sus expediciones geográficas por Siberia, por las aisladas regiones del rio Amur. Allí observó cómo en situaciones climáticas extremas, en diversidad de especies ocurría que ningún individuo por fuerte que fuese aisladamente podía sobrevivir, sólo el apoyo mutuo dentro de un grupo posibilitaba que algunos pudieran sortear las dificultades que planteaba una ecología desfavorable. A diferencia de lo que ocurría en las condiciones más favorables de las zonas templadas que fueron las observadas por Darwin, en las condiciones extremas de Siberia no era la competencia interindividual el único mecanismo por el que operaba la selección natural, sino que era el adverso clima también operaba como mecanismo de selección. Dicho de otra manera, si las condiciones ecológicas son favorables, la reproducción de los individuos origina una abundancia tal que lleva a la competencia entre ellos como medio de ajustar el número a la escasez de recursos en cualquier nicho ecológico (recuérdese la influencia de Malthus sobre Darwin). La competencia interindividual sería entonces el factor evolutivo más claro y potente. Pero si las condiciones ecológicas son duras o extremas, sin la ayuda de los demás la supervivencia individual es inviable, de modo que la competencia se convierte en una estrategia secundaria frente a la de cooperación en la "lucha por la supervivencia". La presencia de cooperación justificada por algún mecanismo de "selección de grupo" en las sociedades humanas aparecería de forma expresa o verbal en forma de reglas éticas reguladoras de la convivencia humana y prescriptoras del comportamiento a seguir caso de problemas sociales.




Y es aquí donde surge la tragedia del Titanic que puede contemplarse, como lo han hecho Savage, Frey y Torgler como un espantoso "experimento cuasinatural" extremadamente valioso a la hora de comprobar la existencia y motivaciones del comportamiento altruista humano en situaciones de "vida o muerte" pues, sin la menor duda, es un ejemplo claro de una ecología extremadamente adversa. El problema que allí se vivió tras el choque contra un iceberg la noche del 14 de abril de 1912 es, en principio, un problema económico: un "mero" problema de asignación de unos recursos escasos, los 20 botes de salvamento con una capacidad máxima potencial de 1178 plazas, entre las 2223 personas a bordo. Pero aquí la Economía, la ciencia de la administración de recursos escasos, de poco valía. El recurrir al mercado y subastar las plazas de modo que se salvasen aquellos que estuviesen dispuestos a pagar más por ellas, o sea, la solución a la que se llega mediante el uso del mercado, solución normalmente "eficiente" en la que nadie pierde si la participación en el mercado es voluntaria, aunque pueda ser considerada injusta, quedaba aquí sin embargo fuera de toda consideración pues, aún en el caso de que los que no consiguiesen plaza les fuese dado el dinero que pagaban los que sí la conseguían, ¿de qué les valía? Incluso si se supone que pudiese garantizarse que ese dinero les le fuese a llegar a sus familiares como una suerte de herencia, difícil se me antoja pensar que ello fuese en la mayor parte de los casos suficiente compensación para que todas las personas a bordo del Titanic aceptasen el uso del mercado. Y esto es lo habitual en en este tipo de situaciones "a vida o muerte". Son situaciones que Guido Calabresi y Philip Bobbitt han llamado Elecciones Trágicas (6), situaciones complicadas dónde la escasez de recursos impide alcanzar una solución asignativa en que nadie pierda (es decir, situaciones donde es imposible diseñar ningún sistema que conduzca a una mejora paretiana) y donde la pérdida de quienes pierden no tiene compensación posible o, caso de que la tuviera, es inaceptable socialmente. Las escasas plazas en los botes salvavidas del titanic son un ejemplo, otro, más cotidiano, es la asignación de órganos para transplantes. Hay que elegir cómo repartir la escasez pero no hay manera de lograr una asignación en la que los que ganan puedan compensar a los que pierden, de modo que la sociedad se ve llevada al punto donde ha de tomar unas decisiones asignativas auténticamente trágicas pues como consecuencia el bienestar de algunos de los miembros de la sociedad se verá perjudicado irremediablemente. En estas situaciones tan extremas, y si el recurso al mercado es inviable, cabe acudir a distintos mecanismos. Por ejemplo, se puede acudir a un sistema que asigna los recursos disponibles atendiendo a un orden que clasifica a los distintos individuos al que se llega a través de alguna regla más o menos "justificada" ya sea de tipo "objetivo" (como la que usan los médicos cuando clasifican "técnicamente" a los pacientes susceptibles de recibir un órgano en función de diversas consideraciones médicas), o de carácter "moral" (recogiendo alguna posición ética socialmente compartida) , o bien se usan reglas de asignación de alguna manera no justificadas o arbitrarias (aunque aceptadas) como la que asigna los recursos en función del orden de llegada (se "sirve" primero a quien primero llega) o cuando se recurre directamente a un mecanismo impersonal y discrecional como es el azar (se distribuye por lotería), si bien en la medida que no atienden a circunstancias personales estas reglas no sustantivadas pueden ser más que cuestionables e incluso inaceptables. Por supuesto, queda siempre una opción: dejar a la lucha competitiva la asignación de las plazas de modo que obtengan plaza los más fuertes o los que consigan que los más fuertes se las consigan para ellos a cambio de alguna compensación. Sería esta la situación a la que se llegaría cuando, en una "elección trágica" se proclama el "sálvese quien pueda", ello implica que el Estado o la autoridad política que vertebra el grupo social abdica de sus funciones y deja de actuar como mecanismo regulador a la vez que se dan por inaplicables cualesquiera otras reglas o normas que puedan guíar los comportamientos individuales, el sálvese quien pueda es una invitación a que cada uno vaya a la suya lo que equivale por tanto a la venia para que cada uno dé rienda suelta al comportamiento guiado exclusivamente por el propio interés egoísta en la propia salvación sin que se vea atenuado por ninguna consideración hacia los demás.


Ha sido de lo más frecuente que en caso de "elecciones trágicas", el sálvese quien pueda conduzca a resultados catastrófico. Cada uno guiado por su propio interés se comporta de tal manera que el resultado colectivo es el peor imaginable. Son paradigmáticos a este respecto los casos en los que en teatros, discotecas, estadios u otros lugares públicos cerrados se han producido incendios u otros percances con resultados estremecedores en términos de víctimas causadas no por las llamas sino por los propios espectadores en sus deseperados intentos por busar su salvación personal aisladamente. Pues bien, en el caso del desastre del Titanic, y frente a este tipo de catástrofes, ni la lotería ni el sálvese quien pueda decidieron quiénes acabaron salvándose. Salvo al principio, en que el caos asociado a la sorpresa inicial llevó a que algunos botes fuesen arriados sin que se ocuparan todas sus plazas (lo que explica que el número total de supervivientes, 750, esté muy por debajo del número de plazas en los botes), la ocupación de los botes se realizó con cierto orden consiguiendo los oficiales a cargo de la operación que no se produjesen ocupaciones abusivas y violentas que hubieran supuesto la zozobra de los mismos (lo que hubiera sido el resultado equiparable a las catástrofes en caso de incendio en teatros y cines), cosa que sin lugar a dudas no hubiesen conseguido hacer si los que se quedaron a bordo no hubiesen de alguna manera "aceptado" su destino. Dicho de otra manera, hubo cooperación o altruismo por parte de aquellos que aceptaron unas reglas que les condenaban a una muerte segura pues nadie que quedase a bordo podía llamarse a engaño respecto a sus posibilidades de supervivencia en el agua: a una temperatura de 2º centígrados la muerte por congelación estaba garantizada en breves minutos. Que la evacuación siguió una serie de reglas se constata al analizar los datos acerca de los supervivientes, reglas que manifiestan un claro comportamiento prosocial o altruista por parte de los que se quedaron sin plaza en los botes de salvamento, comportamiento que con total seguridad no se puede explicar en términos de reciprocidad o intercambio pues los perdedores, los que no se subieron a un bote salvavidas, sabían que trenían sus minutos contados, estaban condenados y nunca ya podrían pedir o esperar reciprocidad. Dado entonces que la reciprocidad no puede explicar los comportamientos altruistas que se dieron en el Titanic, de los cinco factores mencionados previamente sólo quedarían dos a la hora de explicar esos comportamientos: la "selección de parentesco" y la "selección de grupo".


Y ¿qué dicen los datos? Pues en primer lugar, dicen que el porcentaje de mujeres y niños que sobrevivieron respecto al total de supervivientes fue el 70,49%. En cuanto a los niños (definidos como menores de 15 años) tuvieron un 32% más de probabilidades de salvarse que los adultos de más de 50 años. Está claro que en la ocupación de los botes la primera y más importante regla fue la de "mujeres y niños primero". ¿Significa esto que la "selección de parentesco" estaría jugando como explicación del altruismo en situaciones "a vida o muerte"? Frey, Savage y Torgler no lo afirman explícitamente, si bien señalan que esa explicación de tipo genético es congruente con los datos observados. A mí, sin embargo, no me resulta nada convincente aunque sólo sea porque esa regla que, por otro lado, nunca ha sido vinculante, sólo fue "establecida" tras el hundimiento del barco inglés Birkenhead en fecha tan tardía como 1852 por lo que es un poco dificil sostener que hubiese tardado tanto en aparecer si "estuviese" en los genes. Más bien parece una regla enteramente cultural, creada por los mecanismos característicos de la "selección de grupo". Además, hay que acentuar que esa consideración caballeresca por la mujeres y los niños parece casi específicamente occidental (7). Pero el análisis de los datos también señala que hubo otras reglas que guiaron la distribución de las plazas. Una regla asociada a la posición social. En efecto, en tanto que sobrevivieron el 31,22% de los hombres y el 93% de las mujeres y niños que iban en camarotes de primera clase, las cifras correspondientes para los de segunda clase fueron el 9,55% y el 81,25%, y para los de tercera, el 13,67% y el 47,11%. Como explicación se apunta a la mayor cercanía de los camarotes de primera de las cubiertas donde estaban los botes así como a la existencia de barreras físicas que no se abrieron para permitir el acceso a esas cubiertas de los pasajeros de las otras clases, pero cabe pensar también que quizás los oficiales encargados de la distribución de las plazas tuvieron probablemente una mayor considreración por los pasajeros de primera. Finalmente, es necesario considerar a la tripulación (que ascendía a 899 personas). Se salvó el 22,15% de los hombres y el 87% de las mujeres (sólo eran 23). Hay que señalar, sin embargo, que de los 74 oficiales sólo se salvaron 3, lo que es consistente con la regla de que los oficiales de mayor graduación son los últimos en abandonar el barco. También murieron casi todos los tripulantes encargados de las máquinas y otros servicuios técnicos (como el mantenimiento de la red eléctrica, que duró hasta el final y sin la cual la ctástrofe habría sido sin duda mayor). Sin embargo, se salvaron todos los vigías (6), 6 de los 7 oficiales de intendecia y 7 de los 9 marineros de primera, personal encargado del manejo de los botes salvavidas.

Finalmente, no puede pasarse por alto un hecho, cual es el escaso número de supervivientes, 712, cifra muy inferior a la de plazas disponibles en los botes, 1178, discrepancia que deja en muy mal lugar la gestión en los momentos iniciales del "sálvese quien pueda". No puede aquí sino sospecharse que los tripulantes encargados de la operación de cargar y arriar los botes salvavidas se precipitaron demasiado quizás buscando su salvación personal.

En cualquier caso, las cifras muestran cómo en una situación extrema "a vida o muerte", los factores culturales que apuntan a lcomportamientos prosociales pesan en gmayor medida que la interesada persecución del interés propio, como presupone la Economía. Más bien habría que concluir que el egoísmo, como regla de comportamiento individual, es una especie de "lujo" que socialmente sólo nos los podemos permitir cuando la riqueza es ya tal que las elecciones dejan de ser trágicas.


NOTAS
(1) Bruno S. Frey,David A. Savage,Benno Torgler "Noblesse Oblige? Determinants of
Survival in a Life and Death Situation
" Centre for Reserach in Economics, Management and the Arts (CREMA). Working Paper nº21, 2008. Basel. http://www.crema-research.com/

(2) Aunque sí era necesario que los individuos no fuesen malevolentes, es decir, que su comportamiento no estuviese guiado por el objetivo de hacer el mal a los demás.

(3) La literatura sobre este tema es más que extensa, inabarcable. Sigo aquí el excelente resumen de Martin A.Nowack: "Five Rules For The Evolution of Cooperation". Science, vol. 314, 8/12/06. http//www.sciencemag.org

(4) El análisis más perfecto de este tipo de "reciprocidad indirecta" conocido en sociología histórica como evergetismo es el realizado por Paul Veyne en el estudio que hace del mecenazgo en la Antigüedad Clásica en su libro Le pain et le cirque, (Paris: Seuil, 1976)


(5) P.Kropotkin, El Apoyo Mutuo. Un factor de la evolución (Móstoles, Madrid: Madre Tierra, 1989). Obsérvese que Kropotkin señala que la cooperación, el apoyo mutuo es UN factor de la evolución, no EL único factor de la evolución. En la parte histórica de su libro acentúa cómo el tipo de instituciones en que se plasma la cooperación en cada periodo histórico es cuestionado por la aparición de individuos y grupos con nuevas estrategias competitivas con las anteriores dando origen así al devenir de la historia.

(6) Calabresi, G.; Bobbitt, Ph. Tragic Choices. (New York: Norton, 1990)

(7) Señalar a este respecto que la concepción del amor romántico y del matrimonio es una creación cultural cuyas fechas y lugar de origen se han situado en la Provenza del siglo XII, véase a este respecto, el clásico de Denis de Rougemont, El amor y Occidente (Barcelona: Kairos, 1978). En cuanto a los niños, hay que señalar que la niñez es también una creación cultural cuyo devenir histórico ha sido estudiado por Philipe Aries en otro espléndido libro, El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen (Madrid: Tecnos, 1960)

4 comentarios:

  1. Siento ser un díscolo en mi comentario. Pero tras estudiar con ustedes, hacer la tesis con Rodri y un master eco industrial, yo creo que la cooperación se explica de manera más sencilla desde el punto el marco formal que nos brindan las finanzas financiero y la teoría de juegos. Por así decirlo se resume a un asunto de varianzas_covarianzas y aversión al riego.(Si quieren lo podemos ver/discutir)

    El tema de la mayor cooperación entre familiares y conocidos es un clásico de dar un paso más hacia el riesgo moral.

    De todos modos su "aproximación de andar por casa" esta muy bien estructurada (cosa que me hizo recordar lo divertidas que fueron sus clase, que no sus examenes ;-)). Sin embargo muchos de los interrogantes que se quedan abiertos podrían cerrarse con un pequeño desarrollo formal. Una pena que a los “autónomos” nos gusten poco las matemática y se nos de tan bien pensar!

    Por cierto decir también que la BBC4 ha hecho un especial de “In our time” hablando sobre Darwin y sus teorías que creo que a todo el que haya leído esto le encantara.

    Por otro lado recomendar la versión que Mutual Aid the Kropotkin Editado por Dover ( se recomienda hacer caso a “Amazon” y comprar del mismo autor anrchism y god and the state , por cultura general)

    Antiguo alumno
    Un saludo

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  2. Fernando Esteve Mora22 de febrero de 2009, 13:57

    No sé si el marco formal que propones para el análisis de la cooperación puede ser muy efectivo. Por un lado, me da la impresión que el analisis de la cooperación asociado a la aversión al riesgo (vía los mecanismos de aunamiento y dispersión de riesgos)no es válido cuando lo que se trat de examinar es la aparición de cooperación en el marco de interacciones estratégicas y posibilidades de free-rider. Y,en segundo lugar, la cooperación aparece para afrontar no sólo situaciones de reiesgo sino fundamentalmente de incertidumbre. En cualquier caso, pásate por el despacho y lo hablamos, que ya sabes que Rodri y yo disfrutamos con las discusiones.
    Un saludo, y gracias por las referencias (de Kropotkin sólo he leido además de la ayuda mutua, la Conquista del Pan, y sobre todo su alucinante Autobiografía)

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