lunes, 30 de mayo de 2011

El mercader de Venecia y la crisis de la deuda

Uno de mis maestros, David Anisi, era muy aficionado a las parábolas y cuentos con contenido económico. Tenía una especial habilidad tanto para pergeñarlos como para contarlos. Yo carezco de ella, pero sin embargo me voy a poner a contar una parábola que oí de labios de un cuentacuentos en un caravanserai por el que pasé en un viaje reciente. No la conatré con todo el lujo literario del que hacen gala los buenos cuentacuentos, no habrá en mi versión metáforas deslumbrantes ni alegorías seductoras. Me remitiré por ello sólo a su fondo, a su contenido, que creo que es ilustrativo. La llamaré la Parábola del País Rico y del País Pobre. Pido de antemano disculpas, pues como he dicho, no soy nada ducho en esto de de contar cuentos. Pero, bueno, para retomar este blog...ahí va.

"Érase una vez que se era que había dos países en una rara región de la Tierra Media del Mundo. Uno, el situado más al Norte, se encontraba poblado por gentes industriosas y ahorrativas pues, ya fuese por su clima áspero y frío o ya fuese por la ausencia de suficiente luminosidad solar, desde siempre sus habitantes habían tenido que habérselas con una Naturaleza hostil, nada pródiga, por lo que no era de extrañar que hubiesen desarrollado como forma de ser esos rasgos de laboriosidad y contención. Eran los más adecuados evolutivamente como algunos sabios decían para aguantar y medrar en ese entorno áspero, para vivir en esa Madre Naturaleza tan descastada. Dada su extremada situación allá en el Septentrión, poco, además, excepto trabajar y pensar en cómo vencer a la Naturaleza podía imaginarse que podían hacer sus habitantes en las largas tardes otoñales e invernales antes de la aparición de la radio, la televisión e Internet. Pero, esa laboriosidad como no podía ser de otra forma, había tenido sus frutos y así, en los tiempos en que transcurre esta historia, el País del Norte gozaba de una posición económica privilegiada. Era un país rico de modo que sus habitantes producían más de lo que necesitaban, excedente que vendían a otros paíse a cambio de los bienes que su recursos y laboriosidad no producían. Su moneda, el marquo, era por eso muy valorada pues siempre era demandada por los países con los que comerciaban pues estos las necesitaban para pagarles las importaciones que del País del Norte hacían. Gracias a esta su posición económica tan deshaogada sus habitantes se sabían ricos y í gozaban de un amplio bienestar conseguido por sus esfuerzos ya que, no lo olvidemos, la Naturaleza poco propicia no regalaba nada. Convencidos de que su situación de bienestar era fruto de su trabajo (o bien de una especial predilección de la Divina Majestad por su raza, llegaron a veces a considerar, olvidando al pensar así que Allah el Compasivo es también el Indiferente para todas las razas de todas las Tierras del Mundo) los habitantes del País de Septentrión tendían a verse como algo especial, como un Pueblo Merecedor de Respeto , un Pueblo Elegido o Superior al del pueblo vecino...el Meridional.

Y es que muy diferentes eran los habitantes del otro País, el del Sur. Tampoco, como es tan habitual, les faltaba la arrogancia ese tantas veces mortal pecado patriótico, y así afirmaban y se enorgullecían de tener otra disposición hacia la Vida. El clima y la luz les incitaban al ocio y la holganza. Tanto pregonaban de su capacidad para el ocio y la diversión que llegó un momento en que para la jequeresa del País del Norte, Ange-LaMer-Qel ésas era la explicación de que con el discurrir de los días y los años el país del Sur acabase siendo comparativamente con respecto al del Norte un país pobre, y les recomendaba más esfuerzos y trabajos. Pero nada de esto era cierto. Pues en el País del Sur se trabajaba tanto o más que en el País del Norte, y su pobreza relativa no era explicable por la cantidad de lo qe trabajaban sino por otras razones que sólo Allah conoce en su totalidad. Pero esa es otra historia. La moneda del País del Sur era el drakman, y siempre valía menos que el marquo como era de esperar dado quie el País del Sur solía trener deficis comerciales con su vecino del Norte, lo que periódicamente le obligaba a depreciarse.

El caso es que un tiempo ha antes de esta historia, los dos países habían llegado a un acuerdo especial. Habían decidido crear una moneda común para facilitar los intercambios entre ellos eliminando las incertidumbrtes que los movimientos en la cotización respectiva de sus monedads suponía. Crearon así una moneda común, el dinar . A ambos países les convenía. Al País del Norte, para facilitar sus intercambios, y al del Sur, además, para dar estabilidad a su moneda simepre aquejada de volatilidad. No pasó mucho tiempo antrs de que los habitantes del País del Sur se lanzasen a pedir préstamos a los del Norte que, gustosamente se los concedían en atención a que su devolución ya no se haría en drakmones sino en dinares, esa común moneda cuyo valor estaba garantizado.

Pero, con el tiempo, las cosas se complicaron. Los créditos que el País del Norte acumulaba respecto al País del Sur no eran sino las deudas que éste tenía respoecto a aquél. Y cada vez más los días de pago de parte de esas deudas, los días de "vencimiento", eran para el País del Sur, exactamente eso: días de la derrota más profunda. Y es que para pagar esa gigantesca deuda acumulada con el País del Norte, los sabios en asuntos económicos de las madrassas más reputadas o de los grupos de tertulianos y dicharacheros más conspicuos -como los llamados, los fideuás- establecían que Allah el Señor de los Mercadoshabía prescrito como su profeta Ad-Amsmith había recogido en su Libro Sagrado que las deudas hay que pagarlas, que ello está bien y sirve para restablecer la Confianza, de modo que la Pobreza mayor del País del Sur que como consecuencia resultaría era no sólo merecida, justo castigo a sus pecados, holganzas y ocios, sino que era además adecuada puesto que esaq pobreza era el mejor camino para evitar que ese eterno djin o demonio del riesgo moral campara por sus respetos fomentando comportamientos imprudentes.

Pero las cosas no iban nada bien siguiendo estos consejos, pues conforme los habitantes del País del Sur se ajustaban y empobrecían, conforme se vaciaban sus mercados y los desocupadfos vagandubeaban opor sus calles, conforme la miseria y la desesperación crecía entre ellos, sus dificultades para pagar sus deudas con los del País del Norte se multiplicaban. Era esto de sentido común, pues está escrito que conforme se es más pobre más difícil resulatará el poder pagar las deudas y más arduo resultará pedir créditos para tal fin. Esto no arredrabra a los miembros de la secta más numerosa entre los economistas, aquella foirmada por los seguidores de las perversas enseñanzas de heresiarcas como Al-Sacher-Masoch y Ibn-Sade, quienes por ello se habían convertido en unos "fanáticos del dolor" como los calificaba el sabio muftí Abú Krugman.

Pero un día, desesperados ante esa interpretación sadomasoquista de las enseñanzas del Profeta, algunas gentes del Sur le preguntaron al conocido Nusraez, el derviche sufí, también economista pero alejado de las madrassas donde se exponía la interpretación que se daba por cierta por ser la más repetida, que qué opinaba sobre el asunto y que si habría una solución del problema que no pasara por la asunción de mayores niveles de pobreza y desempleo. Su respuesta fue la siguiente:

"Lo que me contáis y preguntáis, buenos hombres y mujeres, me recuerda la hermosa y sabia historia que narró tiempo ha el más grande cuentista que haya andado por las plazas y bazares de esta Tierra Media, el bardo Guillermo Shakespeare. En uno de sus más celebrados cuentos, el conocido como El Mercader de Venecia, trataba de este asunto de las deudas y de las dificiultades parta pagarlas en una deliciosa historia que os resumiré lo mejor que pueda en lo que respecta a esta cuestión de las deudas y los pagos. Ocurría en ella que Antonio, el mercader veneciano protagonista de la tragedia, ha pedido prestada una cantidad de dinero al usurero judío Shylock que, por venganza, rencor y odio, establece como prenda y garantía para el caso de Marco no pueda devolver la deuda contraída su redención mediante el pago de una libra de carne de su propio pecho. ¡Curioso colateral!¿no?. Pues bien, debido a los avatares de la vida y los azares de la historia y de la Historia, llegado el día del vencimiento, Antonio no puede pagar la deuda debida. Cuando Shylock más adelante exige entonces ante la justicia la garantía que Antonio aceptó dar si no pagaba, nada parece que pueda impedir el fatal desenlace en que Antonio pague con su carne y posiblemente con su vida la deuda contraida. Shylock, incluso, se niega a recibir como pago de la deuda de Antonio el dinero que, en cuantía mayor que el valor de la deuda, le ofrece el amigo de Antonio, Bassanio, por ser su antojo el querer cobrar la deuda en los términos en que fue contratada, dureza de corazón basada en el odio y el rencor que Shyloclk a Antonio tiene.

Pero entoces aparece la gentil Porcia, que tras reconocer para júbilo de Shylock que las deudas hay que pagarlas tal y como fueron suscritas contractualmente para evitar que se instale en la sociedad el demonio del riesgo moral ( "No hay poder en Venecia que pueda alterar un decreto establecido: se anotaría comop precedente , y, por ese mismo ejemoplo, muchos abusos invadirian el Estado", dice Porcia), hiela el regocijo de Shylock cuando le señala que si bien tiene derecho a resarcirse de su deuda en una libra de carne de Antonio, no tiene ningún derecho a la más pequeña gota de su sangre, por lo que si derrama una gota al cobrarse la deuda enm carne será perseguido. Pero, ¡claro!, como no es posible quitar la carne del pecho de Antonio sin que este pierda alguna sangre, al final Shylock pierde su préstamo por su desmesura y odio".

Acabado el cuento de Nusraez el derviche, sus oyentes quedaqron perplejos, ¿qué tenía que ver el cuento del sufí con sus problemas de deuda con el País del Norte. Y así se lo hicieron saber. Su respuesta fue muy simple:

"Como Shylock, los del País del Norte tienen todo el derecho a que sus créditos sean honrados, y por ende, los del País del Sur están obligados a pagarles. Pues es de justicia que la riqueza de los del Norte no se vea minusvalorada por las vicisitudes que han pasado los del Sur, o sea, que al no ser los del Norte responsables de lo que los del Sur hicieron con el dinero que antaño les prestaron, es justo y adecuado que los del Sur al pagar su deuda se empobrezcan relativamente con respecto a los del Norte si por la causa que fuiese no emplearon bien esos préstamos. Es decir, que nada hay que objetar al hecho de que conforme el País del Sur pague sus deudas, el País del Norte todavía sea relativamente más rico que el País del Sur como consecuencia de todos los avatares que han acontecido a este último.

Pero que esto haya de ser oblidamente así, o sea que como consecuencia de todo esto el País del Sur haya de empobrecerse en términos relativos con respecto al País del Norte no exige que el País del Sur se empobrezca en términos absolutos. Al igual que Shylock tiene derecho a la carne de Antonio pero no a su sange, los del Norte tienen derecho a ser más ricos relativamente que los del Sur, pero no a que para serlo los del Sur acaben por ello siendo más pobres en términos absolutos que sería precisamente lo que estaría sucediendo al prestar sus dirigentes oido a los economistas fanáticos del dolor..

Y, entonces, le preguntaron sus oyentes, "¿qué solución se te ocurre?, pues si le seguímos pagando como hasta ahora nos dicen los economistas que les paguemos cada vez nos vamos empobreciendo real o absolutamente más". Pues una muy simple, les replicó el sabio sufí: "que el banco les de a cada habitante tanto del País del Norte como del País del Sur la misma cantidad de dinares, una cantidad tal que cumpla el requisito de que la cantidad total que reciban los del País del Sur equivalga al valor de su deuda con los del Norte. Y, luego, hacer que esa cantidad se de al País del Norte con lo que la deuda del Sur estará cancelada. Los del Norte serán más ricos en términos relativos como debe de ser, pero los del Sur no serán más pobres en términos absolutos".

Esta solución convenció a todos sus oyentes menos a uno que, ¡no podía ser menos!, era un sabio economista de una madrassa muy reputada. Tras las palabras de Nusraez el derviche, se levantó indignado y le tildó de estúpido e ignorante, y con arrogancia le espetó lo siguiente: "No sabes que, con tu propuesta, no se conseguirá lo que dices pues al aumentar el número total de dinares en los bazares y mercados, los precios de todos los bienes y mercaderías subirán, por lo que los habitantes de este desafortunado País del Sur serán más pobres inevitablemente también en términos absolutos, pues con tu propuesta no teniendo más dinero habrán de hacer frente a precios más elevados. No hay otra solución que el sufrimiento y el dolor por los ajustes requeridos justa condena pues nuestras faltas y desmanes".

"Prepotente fanático del dolor", le respondió Nusraez, "¿por qué habrían de subir los precios aquí? ¿por qué habrían de subir los costes? Pues dada la desocupación de nuestros trabajadores y mercaderes, no hay escasez de ellos para trabajar y hacer frente a la mayor demanda de nuestros productos y mercaderías que venga de los habitantes del País del Norte ahora mucho más ricos relativa y anbsolutamentemente de seguir mis consejos. Además, habrás de recocer que al hacerse más abundante nuestra moneda común al hacerse menos escasa en los mercados lejanos, su valor decrecerá para los habitantes de las Tierras del Este y del Oeste que verán así como nuestros productyos se han abaratado relativamente y nos demandrán más de ellos, con lo que nuestra pobreza irá disminuyendo más rápidamrente".

Y, ¿cómo acaba este cuento? ¿Tiene acaso un final feliz como El Mercader de Venecia?. Pues no. Ya que nadie hizo caso a Nusraez el derviche. Sucedió sí que su propuesta se difundió por toda la Tierra Media y pronto llegó a oidos de la "jequeresa" del País del Norte. Tras escucharla se negó siquiera a considerarla pues, como el usurero Shylock, no era más dinero lo que ella y sus compatriotas querían de los ciudadanos del País del Sur, ya tenían suficiente. Lo que querían, como los fanáticos del dolor era su castigo, un castigo para los habitantes del País del Sur por haberse creído iguales a ellos. ¡Oh! ¿Dónde estará la Porcia que señale que la deuda es en dinero y no incluye ni un átomo de desprecio?"

Y nada más tendría que añadir a la historia que oí al cuentacuentos. Que cada quien extraiga las conclusiones que estime adecuadas..

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