viernes, 19 de agosto de 2011

LA TIRANÍA DE LOS "ERIZOS"

Hace un tiempo supimos, gracias a esa querencia que tienen los políticos por hablar de sus intimidades a micrófono abierto, que el hoy todavía presidente del Gobierno, el señor Zapatero (o ZP como gustaba de llamarse en tiempos más felices para él), estaba recibiendo por las tardes lecciones de Economía de uno de sus ministros, Jordi Sevilla. En opinión de su profesor particular, recuerdo, el alumno estaba ya tan aventajado en la materia que don Jordi estimaba que con un par de tardes más, ZP estaría en unas más que aceptables condiciones para enfrentar la siempre dura realidad económica de este país. Más adelante, Jordi Sevilla abandonó el Gobieno, de modo que no sabemos si ZP siguió recibiendo clases particulares por las tardes en la Moncloa o no. Pero me da que sí, que ZP siguió recibiendo esas clases, sólo que ya no de Jordi Sevilla, sino de alguien -otro experto económico- que por aquel entonces andaba o mandaba por el complejo monclovita. Me estoy refiriendo a don David Taguas. Es esta una hipótesis aventurada, y ya de antemano pido perdón por formularla sin más "pruebas" que la sospechosa sensación que me da el recordar la política económica que por entonces se llevó a cabo. Recordemos que el señor Taguas fue de esos economistas (abundaban también en esa suerte de camarilla de expertos económicos que es el Banco de España) que nunca quisieron creer en que en este país se estaba inflando una colosal burbuja inmobiliaria. Lo digo porque nada se hizo por "pinchar" esa malahada burbuja y también porque, tras abandonar la política, Taguas recaló de forma "natural" en Seopán, el lobby de empresas constructoras. Y, caso de seguir profundizando en el conocimiento de la cosa económica, la pregunta sería ahora la de que quién en los últimos tiempos podría haber sido el nuevo profesor particular de Zapatero. He consultado a amigos y sabihondos de los pasillos del poder, y me han señalado que quien ahora conforma el cerebro económico de Zapatero debe ser alguien de ese poderoso think tank, FEDEA, esa fundación dedicada al estudio de la "economía aplicada" financiada por las grandes empresas del país junto con el Banco de España. Llegan a esa conclusión a tenor de la deriva antikeynesiana, antisindical y pro grandes empresas que ha tomado la política económica del gobierno sedicentemente socialista en los últimos años con unos resultados auténticamente espectaculares.



Pues bien, líbreme Dios de cuestionar la sabiduría económica de ninguno de esos entendidos, muchos de ellos profesores. Pero igual de claro digo que cuestiono la sabiduría de todos ellos, pues todos ellos son expertos económicos. Tan expertos como lo son todos los economistas que pululan en las instituciones de otras naciones y de los organismos internacionales encargadas de velar por la salud económica de nuestro mundo.



En la década de los años 60 del siglo pasado, aquel extraño sacerdote, filósofo radical y crítico del "dearrollismo económico que fue Ivan Illich, advirtió repetidamente contra lo que entonces empezaba a ser ya habitual, el recurso a la opinión de los expertos como guía de la política. Para Illich, no había peor monopolio (lo llamaba “monopolio radical”) que el de los expertos, y la razón era que al ser los expertos quienes definían no sólo los medios para satisfacer las necesidades sino las propias necesidades, por lo que gozaban de un poder de mercado suprior al del resto de los monopolios que sólo pueden arrogarse la exclusividad en la venta de los medios para satisfacer necesidades externas a ellos. Y cierto que es así. Un monopolio tiene poder de mercado en atención a que no sufre de competencia de otros productores del producto que vende u ofrece, es decir, tiene el poder que le da el ser el único proveedor de los medios para satisfacer una demanda. Pero lo que no puede determinar o no puede controlar esa demanda, es decir, los gustos, preferencias o necesidades del público. Dicho en términos más precisos, el monopolio puede poner un precio más alto pero no puede obligar a los consumidores a comprar su producto pues la demanda de los consumidores es autónoma, y por ende su poder está limitado. Por contra, razonaba Illich, los expertos al definir qué necesidades han de satisfacerse y cómo, determinan tanto la demanda como cómo ha de ser satisfecha, por lo que su poder es muy suprior al de un monopolio común.



Poca duda cabe que hoy día, los expertos económicos de turno son un auténtico monopolio radical en el sentido de Illich. No hay político que se atreva a disentir de ellos, a dar su “opinión” no en el sentido de opinar acerca de los medios para conseguir sus fines, sino de opinar cuáles han de ser esos fines. La famosa frase: “es la economía, estúpido” que puesta en la pared señalaba uno de los criterios a seguir por los asesores de campaña de Clinton en la carrera hacia la presidencia en 1992 que desde entonces se ha convertido en lugar común, no hacía sino simbolizar explícitamente ese radical triunfo de la economía sobre la política, es decir la consolidación final del monopolio radical de los expertos económicos en la definición de los objetivos a perseguir políticamente y los medios para alcanzarlos. La constitución de una auténtica tiranía de los expertos económicos.



Quizás la cosa no tuviera más problema si esa tiranía, si ese monopolio o ese secuestro de la política por los expertos económicos hubiese sido eficiente, es decir, si hubiese satisfecho el criterio básico de la Economía, pero ha sido el caso de que ese monopolio como sucede en otros campos de la realidad se ha revelado como fuertemente ineficiente. Dicho con mayor sencillez: los expertos económicos no sólo han fallado sino que siguen fallando estrepitosa y sistemáticamente en sus predicciones, y dada esa realidad y dado su poder en la construcción de los objetivos a perseguir desde el poder político, sucede que, para muchos, no sólo se equivocan en sus predicciones sino que -algo mucho más grave- son los responsables de las dolencias que hoy por hoy afligen a las economías. No soy en absoluto monárquico pero me hizo gracia la anécdota que he leído por algún sitio y según la cual cuando la Reina Isabel II de Inglaterra, visitó hace tres o cuatro años el Banco de Inglaterra al poco de desencadenarse la crisis financiera, recriminó a los economistas (supongo que a “los economistas de Su Majestad”) su imprevisión y desconocimiento, su incapacidad para predecir la crisis y haber arbitrado los medios oportunos para combatirla. Y ni me imagino lo que hubiera llegado a pensar y la bronca que les hubiera echado (y el castigo a remar en galeras de por vida que en otros tiempos -quizás más sensatos- les hubiera impuesto) si hubiese imaginado que buena parte del desaguisado económico la había causado los muy reputados y premiados economistas que dirigen las instituciones académicas de enseñanza e investigación, generando y transmitiendo modelos económicos cuya relación con el mundo económico y real es en la buena parte de los casos onírica (no se me ocurre otro calificativo).

Pero dejemos el tenebroso asunto de los expertos económicos como causantes de la crisis para una reflexión más profunda y pormenorizada, y centrémonos en el papel de los expertos económicos como predictores. La cuestión de fondo es la de por qué son los expertos económicos tan malos cuando se ponen a hacer predicciones aun plazo superior al inmediato y, sin embargo, se les sigue haciendo caso, o mejor, les siguen haciendo caso quienes toman las decisiones. Ante la realidad de las repetidas fallas caben varias respuestas. Una de ellas apunta a que no sólo los economistas, sino en general los humanos somos malos predictores de las tendencias a largo plazo pues la evolución no nos ha provisto con las estructuras mentales requeridas para esa tarea. El pasado evolutivo del hombre le ha dotado con los mecanismos para responder a las amenazas a corto plazo identificando de entre la maraña de acontecimientos y situaciones del confuso mundo real no los elementos relevantes en el largo plazo, sino aquellos determinantes para su supervivencia en el corto. Y eso le pasa tanto al común de los mortales que usa de la astrología como al “cojoexperto” que usa de modelos econométricos. Nos engañamos, pues, al pensar que los expertos pueden predecir el futuro. No nos podemos, por tanto, llamar a engaño cuando se equivocan. Pero la implicación es que no deberíamos hacerles tanto caso.



Pero, ¿realmente se equivocan tanto los expertos? La adecuación de las previsiones de los expertos en ciencias sociales en general ha sido investigada por Philip E. Tetlock de la Universidad de Berkeley en su libro de 2005 Expert Political Judgment. En él, después de comprobar el nivel de acierto de la asombrosa cifra de 82.361 predicciones respecto al futuro que habían hecho 284 expertos en Ciencia Política, Economia e Historia, Tetlock concluyó que su tasa de aciertos era poco mejor que la del proverbial “chimpancé tirando dardos”. Y no me extraña. Como lector asiduo por razones profesionales de prensa económica y revistas académicas siempre me ha parecido asombrosa la falta de memoria de la que adolecen respecto a sus sistemáticas predicciones. Obviamente, el libro de Tetlock no ha sido muy bien recibido entre esos expertos profesionales, quienes los han pasado por alto, pero sus resultados son incontestables.



Pero Tetlock ha hecho un descubrimiento adicional, y es que el éxito en la capacidad predictiva de un experto está ligado de forma relevante a su “estilo cognitivo”. Tetlock, a este respecto, distingue entre los expertos tipo zorro que saben un poco acerca de una amplia variedad de campos, es decir, los que son generalistas; y los expertos tipo erizo que saben mucho sobre una área concreta, es decir, los especializados. Pues bien, y quizás para algunos esto sea una sorpresa, los “erizos” son mucho mejores predictores que los “zorros”. Quienes fracasan en mayor medida en sus predicciones, señala Tetlock, son aquellos “pensadores que 'saben sólo una gran cosa', que agresivamente extienden el ámbito explicativo de esa 'gran teoría' a nuevos dominios, que muestran una áspera impaciencia con aquellos que 'no están con ellos en el ajo' y que ostentan una confianza considerable en que ellos mismos son unos más que buenos pronosticadores”. Por contra, quienes mejores puntuaciones sacaban en el estudio eran “pensadores que sabían muchas 'pequeñas cosas' (tretas del oficio), eran escépticos ante los grandes esquemas interpretativos, ven la explicación y la predicción no como ejercicios deductivos sino más bien como ejercicios en argumentaciones flexibles 'ad hoc' que exigen coser diversas fuentes de información y son bastante desconfiados acerca de sus propias destrezas pronosticadoras.”



La razón que encuentra Tetlock es muy elemental: ser un profundo conocedor de un tema determinado, estar especializado en él, ser un “erizo”, empequeñece el foco de atención e incrementa la confianza pues aumenta el control sobre ese ámbito reducido pero asimismo niega el valor a los puntos de vista alternativos y transforma la recogida neutral de datos en una recogida selectiva dirigida a confirmar las creencias que se tienen de salida.



LLevando ya bien andado parte del último tercio de mi vida académica, me he podido permitir el observar con cierto distanciamiento a los jóvenes colegas que se han ido incorporando a las tareas universitarias en los últimos diez o quince años. Y lo que he visto y veo no me congratula lo más mínimo, sino todo lo contrario. Veo a jóvenes a quienes desde que recién acabaron sus carreras se les ha exigido una especialización brutal como único medio de poder afrontar una carrera académica que, en mi opinión, tiene más de carrera que de académica. Dicho con otras palabras, en el ámbito de la Economía el propio sistema de formación exige a quien quiera convertirse en experto a convertirse en uno de tipo “erizo”. Al menos por lo que yo conozco, los pocos investigadores o conocedores o experytos que aún quedan en el ámbito universitario del tipo “zorro” están minusvalorados como “poco o nada” científicos y en consecuencia crecientemente arrinconados y arrinconados.



No hay mejor muestra de esta tendencia que el curriculum formativo en Economía. No sé lo que sucederá en otros terrenos de la actividad intelectual, pero estoy totalmente convencido de que, al menos en mi campo, que es la Economía, no hay ahora mismo ningún profesor o investigador de menos de cuarenta años que se haya leído no digo todos sino al menos uno de la siguiente lista de textos clásicos: la Riqueza de las Naciones de Adam Smith, los Principios de Economía Política y Tributación de David Ricardo, El Capital o alguna de las obras de Karl Marx, la Economía Política de John Stuart Mill, la Teoría de la Clase Ociosa de Veblen, los Principios de Marshall, la Teoría General de Keynes o Capitalismo y Libertad de Friedman. Y, además, lo que es peor, el hacerlo, el leerlas, lo consideraría una pérdida de tiempo, una actitud dilettante, vacacional, que le alejaría de la auténtica "producción" científica, que consiste en la escritura de artículos increíblemente especializados para revistas académicas cuya importancia se evalúa según unos índices de impacto elaborados de modo tan pedestre que haría reír a cualquier ejecutivo de una empresa de publicidad. A este respecto, es por cierto curioso que en tanto que todas esas obras clásicas que he mencionado, y otras muchas más, encontraron y encuentran su audiencia en el mercado editorial privado, es decir, que siempre ha habido quien ha pagado su buen dinerito por comprarlas, lo cual debería ser siempre para un economistas un buen indicador del valor social de un "producto" , la nueva "producción" científica está casi totalmente subvencionada pues casi ninguna de las revistas académicas en las que se recogen los frutos de las carreras académicas de los nuevos profesores e investigadores en Economía podría mantenerse por sí sola en un mercado no subvencionado al 100% y no digamos abierto como el del resto de los bienes y servicios.



Pero el desprecio de las ideas del pasado por parte de los investigadores más jóvenes es de lo más grave atendiendo a que la Economía no es una "ciencia" acumulativa al estilo de la Física o la Química, en las que leer a Newton o a Lavoisier podría ser calificado de mero divertimento arqueológico. No, en Economía las ideas de los "clásicos" ya olvidados tienen la peculiar costumbre de resucitar, reverberando de modos que serían harto sorprendentes para los científicos naturales. Y, obviamente, cada vez que se produce una de esas “resucitaciones” sorprende, ¡no podía se menos! a los expertos tipo “erizo” que ni siquiera podían imaginar que existían puntos de vista alternativos a aquellos en que se han especializado. ¿Sorprende, acaso entonces, el deprimente estado de la predicción económica?¿Sorprende que la tiranía de los expertos económicos se haya revelado tan ineficiente?

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