lunes, 17 de octubre de 2011

DEJARSE O NO LA BARBA. Un análisis económico.

Una de esas cosas que uno sabe pero no sabe porqué ni de dónde viene ese saber, es la "razón" de las barbas. En principio, la barba no parece tener mucha utilidad: es incómoda y, además, envejece a quien se la deja. En consecuencia, suele argüírse que su uso se debe a alguno de estos tres motivos: o bien porque sirve para ocultar imperfecciones de todo tipo en la cara, o bien porque es un signo claro de virilidad, hombría o capacidad sexual de su portador, o bien porque señaliza una edad avanzada o sirve para aparentar que se tiene una mayor edad. En este último caso, ha de recordarse que no siempre la edad ha sido contemplada tan negativamente como ocurre en nuestros tiempos ya que -no olvidemos- que antes, en los viejos tiempos en que la experiencia acumulada por un individuo en el curso de su vida era un capital valioso, la sabiduría venía asociada a la edad. La barba, entonces, ha actuado así como una señal de sabiduría y autoridad que exigía respeto.
Estas explicaciones no carecen de interés o de valía. Así, la incipiente y rala barba que cultivan todos los adolescentes no refleja sino su deseo de que se les reconozca ya de una vez como hombres de plena capacidad y derecho. La barba, por otro lado, era habitual en aquellos que habían padecido de viruelas y todavía es usual entre quienes tienen la piel de la cara con manchas o deformada por algún accidente, y, finalmente, como ilustración creo que incontestable, la historia del arte siempre nos muestra a un Jesucristo, el hombre más sabio y respetable que los hombres occidentales hayan sido capaces de imaginar por ser "el hijo de Dios", siempre barbudo.
Pero los tiempos han cambiado en contra de la utilidad de la barba. Hoy, la sabiduría no va asociada a la edad avanzada sino, todo lo contrario, la edad se ha convertido en sinónimo de rigidez y anquilosamiento mentales y de comportamiento. La cirugía estética y reparadora convirten a la función ocultadora de la barba un papel marginal. La juventud y todo lo que rezume juventud se ha ido convirtiuendo en un valor dominante también en el campo profesional, por lo que la envejecedora barba no debería encontrar predicamento alguno salvo salvo en adolescentes y marginados. No es por ello nada extraño que su uso en adultos ha quedado en los últimos setenta u ochenta años reservado a marginados y artistas, es decir, a aquellos excluídos por la sociedada o que querían señalizar su autoexclusión de la misma y sus deseos de cambiarla. Mendigos y vagabundos, hippies, revolucionarios y rebeldes, y artistas han sido los adultos que han llevado barba en estas últimas décadas. Por contra, presidentes de los gobiernos, catedráticos, diputados, profesionales y ejecutivos han trasmitido la idea de que una rasurado perfecto era una señal de autocontrol, capacidad, estabilidad emocional, limpieza y cuidado personales, y respeto y acatamiento a las normas sociales.
Y, no obstante, me parece evidente que la barba está empezando a tener un claro repunte en nuestra sociedad. Ya no se ve como algo antiestético. Cada vez más su uso se extiende por franjas de edad y ámbitos profesionales donde hasta hace bien poco como acaba de decirse estaba prescrita.
Algo más debe haber en el fenómeno de la barbas. Una pista nos la da el que su uso en perspectiva histórica es cíclico, es decir, que hay una sucesión de modas con respecto a la existencia y forma de la barba. Esto me resultó evidente cuando hace unos días, paseando por el Ateneo de Madrid, contemplé los retratos de sus presiedentes desde el Duque de Rivas en el primer tercio del siglo XIX. Todos los presidentes habían sido, como era de esperar en una institución cultural de tanto abolengo como es el Ateneo, personas serias, cultas, respetables y de cierta edad. Pero no todos habían llevado barba. Era factible darse cuenta a simple vista que había habido ciclos en esto de la barba: sucesivos periodos de barbudos y barbilampiños. Luego algo más debía de haber en esto del uso de la barba más allá de la explicación de tipo lineal esbozada antes, explicación que justificaba elal uso o no uso de la barba, según la valoración social de la edad, pero no su alternancia entre gente de la misma edad y características.
Recordé, de golpe, un artículo del The Economist (July 7th, 2011), titulado "Facing the truth", que trataba de la fisiognómica, ese saber que no ciencia, que busca descifrar la moralidad u otras caracterśiticas más o menos ocultas de los individuos a partir de la forma y características de las caras. Todos practicamos de alguna manera ese "arte". Decimos que "la cara es el espejo del alma" y creemops que hay caras que denotan inteligencia o maldad. Decimos que alguien tiene cara de zorro y lo vemos como astuto o creemos que lo es y por eso debe ser tener cara de zorro, porque las fábulas de Lafontaine y de Samaniego -que recogen ideas de los autores latinos y griegos- nos han contado que los zorros son astutos. Decimos que alguien tiene cara de pan y deducimos que es bondadoso, o que es bondadoso porque tiene cara de pan, porque el pan es bueno. Históricamente, esta vieja "sabiduría" de uso popular trató sin embargo de convertirse en una ciencia que sin duda puede calficarse de perversa de la mano de Lombroso, quien hace tres siglos se dedicó a estudiar las caras de los delincuentes y criminales para "encontrar" a partir de ellas un esquema de rasgos faciales comunes que sirviera para identificar "objetivamente" a los posibles criminales. Una auténtica y peligrosa estupidez que, afortunadamente, poco a poco fue perdiendo su predicamento en el ámbito de la policía y el sistema penal. Julio Caro Baroja tiene un pequeño pero muy hermoso y recomendable libro, Historia de la Fisiognómica, consagrado a este "saber".
Ya he dicho que la fisiognómica no es una ciencia. No hay, que yo sepa, estudios académicos a ella dedicados. Pero en este terreno de la cientificidad las cosas siempre están mudando, de modo que lo que no se consideraba un saber científico, visto desde otra perspectiva, puede a veces suceder que tenga cierto valor científico. Fue todo un Charles Darwin en un libro llamado La expresión de las emociones en los animales y en el hombre, quien posibilitó que algo de la vieja fisiognómica pudiese tener cierta relevancia científica desde el punto de vista de la evolución por selección natural. La idea es que la expresión de las caras puede ser vista como parte de un código de señales util para los individuos en las interacciones sociales. Un perro que se enfrenta a otro le enseña los dientes agresivamente y eriza su pelo para trasmitir al otro su gran tamaño y su agresividad, y así disuadirle de un enfrentamiento.
Pues bien, en el artículo del The Economist mentado antes, se hacía referencia a un estudio publicado en los Proceedings of the Royal Society por Michael Haselhuhn y Elaine Wong de la Universidad de Wisconsin, en que señalaban que una característica fisionómica masculina ya conocida y que señalizaba agresividad en quien la tenía, pudiera también predecir su tendencia a mentir y engañar. Tal característica es el ratio o cociente entre la longitud de la cara y su anchura. Dicho de modo más claro: cuanto más ancha relativamente sea la cara de un individuo con el que te enfrentas, más probable es que te ataque.
Esta señalización de la capacidad y la disponibilidad para la agresión, si no es fácilmente copiable por alguien que no es agresivo, tiene un evidente sentido desde un punto de vista evolutivo. Si alguien muestra señales de que es agresivo, ello les sirve a las victimas potenciales a evitar rozarse con él, a evitar meterse en peleas en que con toda probabilidad saldrán perdiendo; en tanto que alque es agresivo el hacerselo ver a los demás le permite salirse con la suya sin sufrir el riesgo de alguna herida. esto ya era conocido. Y que la anchura de la cara era una señal de agresividad, también. Véase, si no, la siguiente foto:

La cara de este "señor" nos está diciendo, -para mí es obvio-, que cuidadito con él. Yo, al menos, tengo muy claro que si me tropezase con él, no le miraría a la cara mucho rato no fuera que se mosquease y me partiese la mía personal o por alguno de sus secuaces. Su cara es sin duda el espejo de su alma. y ¡vaya alma!(*)
Lo que no estaba nada claro es que ese ratio de agresividad también señalizara la probabilidad de mentir o engañar en una negociación, y que esto tuviese alguna utilidad para quienes intervienen en una negociación. Los autores mencionados encontraron sin embargo que así ocurría. Realizaron un doble experimento usando estudiantes. En uno de ellos, tenían que participar en una serie de negociaciones; en el otro, se les daba a los participantes la oportunidad de ganarse un dinero si mentían al reportar los resultados de una serie de tiradas de dados.Y lo que encontraron como resultado fue que cuanto más elevado era el ratio facial (anchura de la cara dividida por su longitud) más probable era que la gente engañara respecto a sus reales intenciones en caso de negociación o engañara en el caso de reportar adecuadamente lo que había salido en los dados. Esto, hay que subrayarlo de nuevo, sólo pasaba con los varones, no con las mujeres.
Ahora bien, ¿cómo puede explicarse que la misma característica que denota agresividad señale también en quien la ostenta su poca fiabilidad o su propensión al engaño, la mentira o la traición? La explicación probable, señalaban los autores del estudio, era que la ventaja de ser visto como agresivo más que compensa la desventaja de ser predeciblemente un mentiroso y un traidor. También -podía argüírse- que el miedo a las represalias que suscita en los demas quien es claramente agresivo se traduce en que las víctimas de los engaños y las traiciones tratarán por lo común de no llevar el asunto de esas traiciones o incumplimientos muy lejos, o lo que es lo mismo, estarán dispuestos a conceder a los manifiestamente agresivos ciertos privilegios y tolerancias en las negociaciones de las que se aprovecharían. Dicho de otro modo, los agresivos pueden permitirse ser más traidores que los no agresivos pues ¡a ver quién es el guapo que se lo echa en (su ancha) cara!.
Y que tiene todo esto que ver con las barbas. Pues resulta obvio. La barba adelgaza la cara, ya sea acortando la anchura de la misma medida por la superficie de la piel que se ve a ambos lados de la nariz (o sea, la "cara" en estricto sentido), ya sea, alargando su eje longitudinal, prolongando la barbilla. Ambos dos efectos aparecen magistralmente en el larguísimo rostro de El caballero de la Mano en el Pecho de El Greco . Junto con la más que incipiente calvicie (que, por supuesto, tambien alarga la cara), la barba y el espeso bigote (así como el uso del sombreado que en los pómulos hace el Greco) la desensanchan, y la perilla añade sus buenos dos o tres centímetros a la verticalidad del rostro. Y es la cara de un hombre de principios, alguiemn de fiar, alguien de palabra ¿no?. Me pregunto, sin embargo, cuál sería el tamaño real de su cara sin barba. No se manejar el photoshop ése, pero estoy seguro con más pelo en la cabeza (o sea, con menos frente despejada) y sin barba, bigote y perilla, el ratio entre la longitud del eje longitudinal y el transversal de su cara visible sería mucho menor que el que se ve en el cuadro. El Caballero nos aparecería entonces menos pacífico y un tipo mucho menos de fiar..
El caballero de la mano en el pecho
El uso de la barba, pues, serviría para señalizar honestidad, confianza, respeto a la palabra o los acuerdos dados no por sí misma, no directa, sino indirectamente: porque "alargaría" la cara, porque serviría para que los demás percibiesen que la cara de uno es más larga de lo que realmente es. Por lo tanto, mediante el uso de la barba quienes no tienen el ratio facial "adecuado" parece que sí lo tuviesen, lo que les sirve para fingir las señales que favorecerían las relaciones que exigen fiabilidad entre las partes. Ello "explicaría" o justificaría el uso de la barba por parte de aquellos individuos cuyo desenvolvimiento económico y social está asociado a su capacidad de llegar a acuerdos mutuamente beneficiosos en las múltiples negociaciones y compromisos de que se compone la interacción económica y social pacífica. Lo anterior implica que deberían así ser abundantemente vistas las barbas en los mundos empresarial y de la política "normales". No, por contra, en el mundo de los negocios y las finanzas, ese mundo de "tiburones", ataques, "adquisiciones hostiles" y demás agresividades y engaños, en donde los rasgos faciales "alcaponianos" venderían más.
Pero, si el argumento anterior es correcto, la cuestión pasa a ser la de que por qué son las barbas en la actualidad raras entre empresarios y políticos, aunque -es necesario acentuarlo- no lo han sido en otros tiempos, como mi excursión por el Ateneo me enseñó. Es decir, la cuestión es la de que por qué hay ciclos en el uso de la barba, de modo que sucede que ahoar estamos en una fase de bajo uso entre los varones dominantes de las jerarquías empresariales y políticas.
Y la respuesta creo que es muy simple, y es que la barba es una señal fácilmente manipulable o alterable, por lo que de vez en cuando, cada cierto tiempo, pierde su capacidad señalizadora.
Veamos la lógica del uso de la barba en el tiempo. Partamos, por ejemplo, de una situación en que todos o casi todos los hombres llevan barba, es decir, un periodo en que está de moda dejarse alguna forma de barba (obsérvese que no importa a efectos de mi argumentacoión la forma o estilo de barba en concreto que se lleve en un periodo dado). Pues bien, cuando la usan muchos o todos los varones, las caras de todos ellos parecerán largas, serán percibidas como más largas relativamente, por lo que el ratio entre longitud y anchura ya no señalizará honestidad de modo diferencial. Como no todos los hombres son igualmente honestos, lel ratio longitud-anvhura de la cara deja de ser una señal eficiente de quién es realmente honesto. Ya no señalizará nada, o incluso señalizará lo contrario:deseo de ocultación. En ese momento, ir a cara descubierta (sin barba, por tanto) aparecerá como lo adecuado, como señal de que uno no no busca engañar a nadie. Llevar barba, por contra, puede llegar a ser señal de ocultos propósitos. En consecuencia, conforme la barba o pierda efectividad señalizadora o señalize lo opuesto a lo que antes hacía de modo indirecto, dejará paulatinamente de estar de moda. En poco tiempo, nadie usaría de la barba pues hacerlo estaría mal considerado. Ahora bien, cuando ya nadie llevara barba, sucedería entonces que el ratio facial volvería a ser eficiente como señal de honestidad. Lo que marcaría el inicio de un nuevo ciclo. Pues aquellos cuya cara fuese manifiestamente ancha o no tuviesen una cara lo suficientemente alargada, empezarían a usar de las barbas para "alargársela". Este comportamiento llevaría al final a que todo el mundo, bueno, todos los hombres, se la dejasen, pues -obsérvese- que hasta aquellos que "de natural" tuviesen de salida una cara alargada se acabarían sin embargo dejando barba para "alargársela" artificialmente y así mantener la ventaja diferencial con aquellos que usan de la barba para ocultar o fingir que su cara no es lo suficientemente larga y que al dejársela habrían "acortado" distancias con ellos. Dicho de otra manera, en la lucha por transmitir que uno es de confianza o fiable, hay una suerte de "carrera de armamento" en que las barba es un arma.
El ciclo en el uso de la barba, pues, empezaría de nuevo: aquellos cuya cara no fuese alargada o no lo suficiente, tratarían de imitarla dejandose la barba. Al principio esta estrategia de engaño sería eficaz, pero esa eficacia se iría perdiendo con el tiempo conforme se generalizase el uso de la barba. Habría pues ciclos de pilosidad facial, periodos de barbudos seguidos de barbilampiños que se repetirían en función de la capacidad de señalizar indirectamente honestidad por parte de la barba que sería una función decreciente del número de barbudos.
De nuevo. Si non é vero, (credo que) é ben trovatto. Yo diría que ahora, me parece, que estamos en una fase de alza en el uso de la barba. Yo, que no creo tener una cara demasiado alargada, por si acaso "luzco" desde hace años una barba no demasiado espesa, pero que creo que cumple con su función.
NOTA
(*) Por si alguien no lo reconoce, el señor de la fotografía es el famoso gangster Al Capone.

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