miércoles, 17 de octubre de 2012

Donald Trump o el Triunfo del Empresariado

No salgo de mi asombro estos días conforme más voy leyendo u oyendo acerca de las consecuencias que se esperan del poco esperado triunfo del "magnate" Donald Trump en las elecciones presidenciales norteamericanas. A lo que parece, para muchos, quizás para la mayoría de gente algo "cultivada" intelectualmente, el futuro se presenta negro, o como mucho gris, a tenor de las "peculiares" características personales (intelectuales y morales) de este empresario metido a político en su papel de líder del "mundo". Quizás así lo sea, ya veremos. Pero lo que me extraña es que ello sea motivo de sorpresa y de angustia para tanta gente. Por lo que leo y oigo, una buena parte de los sedicentes "analistas" no paran de hacerse cruces preguntándose acerca de cómo se va a comportar el señor Trump, y de si hará o no lo que ha ido prometiendo que iba a hacer a lo largo de la campaña electoral, dado su historial de excentricidades.
El caso es que para mí resulta claro como el agua el cómo se va a comportar el señor Trump en todas y cada una de sus decisiones, caso de que el "establishment"  de Whasington le deje tomarlas, cosa eso sí de lo más dudosa. Y es que el señor Trump, dígase lo que se quiera, ha tenido hasta ahora un comportamiento consistente, o sea, que ha seguido una clarísima pauta que sus excentricidades no deben ocultar y que me lleva a pensar que va a intentar comportarse con arreglo a ella como hasta ahora lo ha hecho. Por decirlo en una palabra, el señor Trump va a comportarse de la forma en que lo haría cualquierempresario,  fijándose sólo y exclusivamente en el resultado económico contable de sus decisiones para el colectivo que tenga en consideración a la hora de tomarlas. Colectivo que, por cierto, no será nunca esa entidad ideal llamada pueblo o nación norteamericana sino más bien los componentes de ese pueblo en cuanto miembros de las empresas norteamericanas ya sea como accionistas, como trabajadores  o como managers de las mismas.  
En otras palabras, creo que se puede estar bastante seguro de que ningún criterio moral, intelectual, estético o ecológico  se entrometerá en las decisiones del señor Trump, como nunca se deja entorpecer ningún empresario por este tipo de consideraciones a la hora de tomar decisiones. Ello no significa que nunca las tengan en cuenta, sino que sólo lo hacen si al hacerlo logran sacar algo por ello, es decir, un beneficio mayor en la cuenta de resultados. ¡Qué se le va a hacer! Así son los empresarios. Y, ¡dejémonos de hipocresías!, desde esta perspectiva está más que claro que Donald Trump es el tipo de presidente que, de forma mayoritaria, la sociedad (no sólo la norteamericana, sino la sociedad en general) está pidiendo en los últimos treinta años en la medida en que ha ido colocando como supremo valor social moral al "emprendimiento". No creo que haya duda de que uno de los fenómenos más relevantes de estas últimas décadas (fenómeno asociado a lo que se ha venido en llamar "revolución conservadora" que empezó con Reagan y Thatcher) es convertir a los empresarios en héroes sociales, en modelos de comportamiento a imitar. Que todos deberíamos ser empresarios es una de las piezas nucleares de la ideología neoliberal dominante hoy en nuestro mundo.

(todavía recuerdo, pues no hace tanto tiempo de ello, cómo allá por los años 80 del siglo pasado, en los tiempos de la transición política, el entonces presidente de la patronal española, Carlos Ferrer Salat se veía obligado a defender públicamente que, en su mayoría, los empresarios no eran unos delincuentes y explotadores. Que, en su mayoría,  al menos no eran mala gente, que -incluso- había entre ellos buena gente. Tal cosa hoy puede sonar extraña a las generaciones  más jóvenes que hoy, tras años de paciente educación/instrucción, se han pasado al polo opuesto y comulgan con la noción, hoy dominante, de que quien no es empresario o emprendedor  es un vago, un parásito social, una "mala" en el sentido de  imperfecta  persona en suma, a la que falta lo que hay que tener)   

Donald Trump representa pues, en mi opinión, el culmen o la aplicación extrema de la famosa frase que un asesor de Bill Clinton -creo que fue Robert Reich- escribió en una pizarra al principio de su primera presidencia a la hora de zanjar una discusión acerca de las guías de la política que había de seguirse en la nueva administración que comenzaba por entonces: "Es la economía, estúpidos" . Trump no es entonces sino el definitivo triunfo de la Economía, pero no de cualquier economía. Es el triunfo de una particular forma de entender "lo económico" y "la economía·, es el triunfo de la visión empresarial de la misma. Donald Trump es el triunfo del Empresariado. Es, por tanto, y en la misma medida, la derrota de la Política y de los Políticos. En las naciones-estado de occidente el ejercicio del poder político al servicio de las clases y élites dominantes estuvo en manos en una primera etapa de una casta militar; más adelante -una vez esas naciones-estado se consolidaron- pasó a ser ejercido por la casta política (funcionarios técnicos y burócratas formados o educados por intelectuales o ideólogos. Algunos hablan de casta sacerdotal más que de casta política en la medida que esa burocracia de técnicos expertos se ve a sí misma como un sacerdocio); y hoy el ascenso de Trump a la jefatura del estado norteamericano señala que el poder político empieza a ser ejercido de modo directo, o sea, sin intermediarios, por la casta empresarial.    
Que sea así o no sólo lo dirá el paso del tiempo tiempo. Pero, hoy ya hay suficientes datos que avalan mi posición. Empezaré con la pista que me puso en camino a la tesis que acabo de exponer. Si se recuerda, hubo en EE.UU. hace unos meses un debate acerca de qué servicios públicos (hablo aquí de los váteres, excusados, retretes o baños) debían usar las personas transgénero para hacer sus humanas necesidades, si en los servicios de caballeros o en los de señoras (sí, debates así se dan en la nación "líder" y ejemplo del mundo) . Concretamente, la cuestión se centró en  la prohibición que el gobernador del estado de Carolina del Norte estableció de que nadie usase nunca un servicio público que no fuese el asignado a su sexo biológico. Los "liberales" republicanos (sedicentes defensores y representantes de la "mayoría moral" del país) estaban en su mayoría a favor de este sujeto, pero se tropezaron con la opinión de Donald Trump, quien estaba a favor de la "izquierdista" opinión de que, como criterio general, cada quien hiciese sus necesidades donde sintiese que le era más adecuado el hacerlas. 
Comparto aquí -y solamente aquí- plenamente la opinión de Trump. Personalmente puedo decir que no sufriría del más mínimo incomodo el que un hombre transgénero hiciese sus necesidades al lado de donde yo las estuviese haciendo. No comprendo, por otro lado, que nadie haya de sentirse cohibido por ello, pues  si es de hacer necesiades fisiológicas de lo que se trata, cada cual suele ir a lo suyo en esos menesteres (si bien, caigo en la cuenta que puede haber casos patológicos como el del gobernador de Carolina del Norte que pueden sufrir de retención urinaria si saben -se me oculta cómo- que en el "cubículo" de al lado no hay un hombre biológico comme il faut). Pero lo que aquí viene al caso es la razón que argumentó el por entonces candidato Trump en defensa de su "radical" opinión. No. No había en ella la menor traza de una defensa de los derechos de las personas "trans", no había en ella ninguna defensa intelectual o moral de la libertad de los hombres y mujeres "trans" para usar los servicios atendiendo a su identidad psicológica social.
No, su defensa de la libertad de la gente "trans" para usar los urinarios públicos era exclusivamente empresarial o contable. Y es que regular o establecer un sistema de servicios públicos para la gente "trans" sería muy caro para las empresas y administraciones locales del país. Así que, para Trump, "comerse el coco" con filosofías o asuntos éticos y morales morales en esta cuestión carecía de sentido. Era una pérdida de tiempo, un sinsentido, cuando ya la Contabilidad resolvía a las claras el problema que la Filosofía Moral sólo planteaba.
Y es evidente que el mismo criterio sigue Trump en todos sus actos. No es sólo que aprovechase sus actos de campaña electoral para hacer publicidad explícita de todos los productos de las empresas, sino que así, con esa perspectiva, se enfrenta a TODAS las demás cuestiones que se le plantean, sean del tipo que sean. Veamos, ¿qué pasa con la OTAN? Pues sólo que, en su opinión, es muy cara de mantener para los EE.UU. Así que si los "aliados" quieren que los norteamericanos les defiendan, si el mundo quiere que el ejército de los EE.UU. sea el "policía" del mundo, pues que se rasque el bolsillo, y haga como cualquier pueblo del medio oeste con problemas de delincuencia: contratar un buen sheriff experto en el manejo de armas.
Y, por supuesto, para Trump hay que dejarse de zarandajas geopolíticas y éticas en la cuestión de la relación de Occidente con Rusia. Rusia, para Trump, es, como los EE.UU., un gran conglomerado de empresas, dirigido por un manager parece que muy eficaz -en su opinión-: Vladimir Putin. Cierto, hay quienes opinan que sus "técnicas" de gerencia y gestión del conglomerado ruso no son las que se enseñan en las "Escuelas de Negocios Políticos" de Europa y EE,UU., o sea, son poco democráticas; pero eso, a un empresario, no le debe importar lo más mínimo pues los empresarios saben bien el poco recorrido que tienen las distintas técnicas de gestión empresarial, sujetas a más modas que la ropa femenina. La cuestión, aquí como en todo, es de si son o no eficaces en términos económicos, es decir, de si son o no rentables. Y, a lo que parece lo están siendo.
Por otro lado, Rusia es también un mercado, un mercado emergente con muchos y valiosos recursos naturales además. Y un buen empresario sabe que "cargarse" a unos posibles clientes y proveedores no es la política empresarial más apropiada. así que de lo que se trata es de llevarse bien y hacer negocios. Nada de guerras ni demás violencias. (By the way, ¡qué respiro frente al  "halcón" que es la señora Clinton). Para un empresario el recurso a la violencia física sólo es recomendable si un análisis coste-beneficio así lo recomienda, y es dudoso que lo haga caso de uin enfrentamiento con Rusia.
Y, a lo que parece, la misma lógica empresarial seguirá con los otros grandes conflictos internacionales. No parece que a los EE.UU. como conglomerado de empresas les compense económicamente seguir con una ocupación militar más o menos disfrazada en oriente medio, por lo que no es improbable que vayan alejándose de la zona a menos que alguien les pague por seguir en ella (ya sea Israel, Arabia Saudí, Kuwait,...). En cuanto a Afganistán, probablemente se buscará su integración en la economía mundial al margen de una forma que no requiera el control militar de su territorio. En cuanto al conflicto en el Mar del sur de China, el enfrentamiento entre China y un grupo de países en torno a Japón plantea una dilema empresarial a los EE.UU., el de si merece o no la pena intervenir en él, ya que en la medida que esos países son rivales de los EE.UU., su rivalidad le beneficia. Por otro lado es previsible que, de nuevo, se le solicite a los EE.UU. que ejerza su papel policial...pasando obviamente por la caja registradora.  

Que la "lógica" empresarial es la unica que concibe Mr.Trump resulta aún más evidente se observa si se considera cómo plantea afrontar el problema de la emigración ilegal. No hay nadie que haya dejado de alucinar no al oir decir que iba a construir un muro entre los EE.UU. y México, ya que un tercio del mismo ya está hecho, sino que lo iban a pagar los mejicanos.         Dado que Trump es un empresario acostumbrado al juego del mercado, está claro que es enteramente consciente de que nadie paga nada que no desee. No parece que los mejicanos deseen ese muro, así que la pregunta es entonces la de que qué está pensando ofrecer/vender al gobierno mexicano a cambio de que éste "pague" el susodicho muro. En cuanto a su actitud negacionista respecto al cambio climático, al miniprograma de salud pública (el tan cacareado Obamacare), a a la expulsión de los inmigrantes indocumentados está claro que su posición dependerá de si puede sacar o no beneficios económicos para quienes representa.
Por ejemplo, es más que previsible suponer que no habrá expulsiones (salvo delincuentes) pues aquellos que están a favor de que se hagan (los inmigrantes legales, que quieren que sean expulsados para que sus condiciones laborales mejoren por disminución en la oferta de trabajo) carecen de un peso equiparable al de las empresas y particulares que se benefician de esos trabajadores ilegales pagándoles unos salarios inferiores a los mínimos y ofreciéndoles condiciones de trabajo penosas.
Y lo mismo mismíto puede decirse de otras grandes "propuestas" de Trump. El incremento de gasto público para enfrentar el desatroso estado de las infraestructuras estadounidenses tras años de ataques a la intervención pública suena más keynesiano que liberal. Pero Trump no tiene el menor empacho en defenderlo pues ciertamente beneficiará a sus votantes de las clases trabajadoras y a las empresas que le han apoyado (incluidas las suyas propias). Y ya veremos dónde queda su propuesta de desmantelar el Obamacare. Por supuesto que se bajará los impuestos así mismos ya sus amigos los muy ricos. Eso entra dentro de la "lógica" empresarial.
De todo lo recién dicho podría seguirse que pienso que la situación no irá tan mal bajo la égida de Trump, que la "derrota de la Política y de los Políticos" y su sustitución por la Economía y los Empresarios a la hora de dirigir los asuntos de la sociedad quizás no sea tan mala cosa. Pues bien, no, no lo creo. No creo que la aplicación de la sencilla lógica empresarial del análisis coste-beneficio más simple a los asuntos políticos sea una buena manera de afrontarlos. Creo que será un fracaso. Pero el que la mitad de los votantes norteamericanos se hayan "atrevido" a votar a un outsider excéntrico como Donald Trump aún a sabiendas de sus ramalazos machistas, racistas, xenófobos, negacionistas y violentos debería leerse como la constatación de que empieza a generalizarse entre las gentes la idea de que los "políticos" les han traicionado, de modo que lo que ha pasado -y no sólo en esta elección- es el comienzo de una "rebelión contra las élites" consecuencia una rebelión de las elites previa. O ¿acaso esperan esas élites que la gente acepte su rebelión sin manifestar su desazón? Véanse a este respecto  las dos entradas que he dedicado a este asunto: http://www.rankia.com/blog/oikonomia/579636-rebelion-contra-elites) ​​​​​​ http://www.rankia.com/blog/oikonomia/1513732-traicion-meritocracia  )

Y, finalmente, unas palabras acerca del propio señor Trump. Ha sido digno de notar su reacción a su victoria. No ha sido en absoluto exultante, como cabría esperar. Nada de gestos o de aspavientos subidos de tono. El comedimiento, la moderación, la sensatez, el respeto por los adversarios parecen extrañamente que son ahora su guía. Puede ser que todo sea un engaño, una pose, un teatro, y que el auténtico Trump saldrá con energías renovadas en unas semanas cuando llegue a la Casa Blanca. Pero no lo creo.  Si nos fijamos en su lenguaje corporal, nada en él revela a un triunfador, sino todo lo contrario: a un perdedor. No es nada difícil deducir de ese visible cambio en su comportamiento que en su mente empieza a pesar la sensación de agobio ante lo que se le viene encima, pues con toda seguridad no es nada fácil ser presidente de los EE.UU., y menos para un individuo como Trump acostumbrado a hacer siempre y decir siempre lo que le venía en gana pues su riqueza se lo permitía. Todo eso se le ha acabado. Adios a los concursos de Miss America.  

Quizás tenga razón Rosa Martín cuando sostiene a este respecto una hipótesis claramente borgiana. En su opinión, Trump no quería ser presidente de los Estados Unidos. Tan sólo quería demostrar que podía serlo, si quería, frente a todos aquellos que se mofaban de su incultura, su estupidez y su paletismo, y que lo que ha ocurrido es que las cosas se le han ido de la mano, se han descontrolado. Con arreglo a esta hipótesis -que repito estoy seguro suscribiría Jorge Luís Borges- , las salidas de tono a lo largo de la campaña que fueron creciendo en intensidad con el paso de los días, sus promesas cada vez más extemporáneas y brutales, sus insultos cada vez más soeces, sus amenazas cada vez más gangsteriles, sus patochadas y fantasmadas, no reflejaban una crecida seguridad sino el creciente miedo a que su peor pesadilla  -el ganar las elecciones y convertirse en presidente- se hiciese realidad. Para intentar conjurarla, tomó la decisión que le parecería más racional y sensata: hacerse inelegible. Y para ello estimó que debía comportarse como un auténtico energúmeno. Y así lo hizo. Pero las cosas le salieron mal en la medida que su creciente "energumenismo" en vez de quitarle apoyos, como hubiera debido esperarse, le granjeó más y más votos de gentes asqueadas con los políticos habituales. En suma, que su victoria habría sido su propia derrota. Donald Trump habría sido víctima de su propia estrategia.    


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