miércoles, 24 de agosto de 2016

Mercado de trabajo o mercado de puestos de trabajo. A propósito de las reformas laborales de C's

Una de esas cosas curiosas, que creo que sin embargo puede tener cierta enjundia y ser útil para entender los efectos de distintas políticas laborales es el hecho de que la gente de la calle entiende el mercado de trabajo exactamente al revés de cómo lo entienden los economistas que se dedican a elaborar políticas adecuadas para regular ese mercado. En efecto, creo que nadie me discutirá si digo que para la gente del común son los individuos los que DEMANDAN empleo y son las empresas las que lo OFRECEN. Así se ven las cosas "evidentemente" cada día en las colas y las oficinas del SEPE/INEM o en las páginas de los periódicos. Por contra, en las clases de economía laboral lo que se cuenta es que son las empresas las que demandan trabajo y son los individuos quienes lo ofrecen.
Pues bien, se me ocurre que es posible explicar esa discrepancia conceptual recurriendo a una simple precisión teminológica, que por otro lado puede ser fácilmente aceptada por ambos colectivos, el de los erudos aunque inexpertos economistas laborales (pues nunca se han visto en una cola del paro) y el de los iletrados aunque desafortunados expertos trabajadores en busca de trabajo junto con y los no menos iletrados emprendedores/empresarios. Esa precisión sería la siguiente: lo que demanda la gente no es empleo sino ocupar un puesto de trabajo, y lo que ofrecen los empresarios es eso: puestos de trabajo.
Y, ahora. Resulta que  una vez que se acepta esa "nueva" terminología es que se puede entonces, con un poco de esfuerzo imaginativo, entender o ver el mercado de trabajo como un tipo sui generis de mercado inmobiliario, un mercado en el que se transa  con un tipo muy especial de "espacios", unos espacios no habitacionales sino laborales: los puestos de trabajo. Obsérvese que tal manera de percibir el mercado de trabajo no es nada extraña para el no economista. Incluso, me atrevería a decir, que es la que impone el sentido común. Así, por poner un ejemplo, los funcionarios entre los que me cuento todavía hablan de "tener la plaza en propiedad" (lo cual, por cierto, es un anacronismo pues hace ya mucho mucho  tiempo que los cargos públicos han dejado de comprarse y venderse y poderse dejar en herencia)
No, ya no estamos en el Antiguo Régimen. Ahora los funcionarios no pueden tener "sus" plazas -o sea, sus puestos de trabajo- en propiedad. Sólo las tienen en "alquiler" . Eso sí, de momento, ese alquiler es indefinido y con unas condiciones muy estrictas en lo que se refiere a las circunstancias que han de darse para que puedan ser expulsados de las plazas, puestos de trabajo o  "espacios laborales" que ocupan. En el sector privado, pasa algo semejante. Hay por un lado trabajadores que son dueños de sus puestos de trabajo al igual que hay individuos propietarios de sus viviendas. En la analogía que aquí se desarrolla, este tipo de trabajadores son los "autónomos". Los trabajadores por cuenta ajena no serían entonces sino inquilinos de los "espacios laborales" que poseen otros agentes: las empresas.
Y sigamos con la analogía. Hay "inquilinos" de puestos de trabajo con contratos digamos que antiguos: los indefinidos, y hay otros cuyos contratos de alquiler de sus puestos de trabajo sólo abarcan un determinado periodo de tiempo: son los trabajadores  temporales. Por supuesto, está claro que lo que se ha visto en el mercado "inmobiliario" de puestos de trabajo en los últimos años ha sido algo muy parecido a lo que se ha visto en el mercado inmobiliario de viviendas y locales. Al igual que han ido desapareciendo los contratos de "renta antigua" indefinidos, ha habido una serie de sucesivas reformas laborales que han alterado el balance del poder de negociación relativo en esos mercados "inmobiliarios" de puestos de trabajo, y siempre siempre en el mismo sentido: a favor de los propietarios de las plazas/puestos de trabajo, facilitándoles las condiciones en las que pueden poner de "patitas en la calle" a los inquilinos/trabajadores que las ocupaban. Comnsecuentemente el volumen de contratos indefinidos ha caído radicalmente.
¿Está muy "traída por los pelos" la analogía que aquí he propuesto? En principio sí, sin duda. Hay una  obvia  diferencia entre el mercado inmobiliario de "espacios residenciales" y el mercado inmobiliario de "espacios laborales" que se diría que invalida de raíz la analogía: se paga un alquilar por usar una vivienda, no se paga un alquiler por ocupar un puesto de trabajo sino todo lo contrario, se es pagado un salario por ocuparlo. Pero esta "pega", sin bien se mira, no es tan determinante o concluyente como parece a primera vista, pues miradas las cosas con cierta distancia, la cuestión es muy similar y hasta simétrica en ambos tipos de mercados inmobiliarios. Es la cuestión del reparto del valor generado por usar un espacio entre el propietario del espacio y quien lo usa, ya sea como espacio de consumo o como espacio productivo o laboral. 
Veamos. En el caso de un "espacio residencial", una vivienda, el valor de uso de ese espacio se lo da quien lo usa o utiliza, y, en parte se lo queda él. Así, cuando uno alquila una vivienda, uno se "queda" con un valor neto o excedente: la diferencia entre el valor  que uno le da a las ventajas de usar esa vivienda (su valor de uso) y el alquiler que ha de pagar por ese uso.  El valor neto para el inquilino depende de (a) las características físicas de la vivienda, (b) las características de otras viviendas y (c) el alquiler.  En el caso de un "espacio laboral", el asunto es similar aunque invertido, como reflejado en un espejo. El valor de uso de ese espacio ahora se lo queda, en parte, el propietario del espacio, el propietario del puesto de trabajo, en forma de beneficio, este beneficio hace  por ello el mismo papel que el alquiler hace en el mercado inmobiliario "habitual". La otra parte de ese valor generado en el puesto de trabajo se lo paga el propietario en forma de salario a su "inquilino" de ese "espacio laboral". Por supuesto el valor neto del puesto de trabajo para su propietario depende de (a) la productividad del uso que de él hace su inquilino/trabajador, (b)  de que el producto de ese trabajo que hace su inquilino se pueda vender y del precio de venta, y (c) del salario que ha de pagarle.       
Obviamente, desde el punto de vista de un inquilino de un espacio residencial cuanto menor sea el alquilier que ha de pagar, mejor; y desde el punto de vista del "inquilino" de un puesto de trabajo, cuanto mayor sea el salario que recibe, mejor. Es decir, que a la hora de relacionar el mercado inmobiliario de viviendas con el mercado inmobiliario de puestos de trabajo hay que tener en cuenta que los efectos de las variables observadas (alquileres, salarios) operan en direcciones opuestas para los agentes que en ellos participan.
Desde esta perspectiva, el desempleo se puede ver desde dos ángulos. En primer lugar puede ocurrir que no haya suficientes "espacios laborales". Así, en los países subdesarrollados o tras una guerra, no hay suficientes viviendas ni tampoco suficientes puestos de trabajo. Abunda así tanto el desempleo (equivalente a gente viviendo en la calle) o lo que se conoce como desempleo disfrazado, que no es sino el trasunto en el mercado inmobiliario de puestos de trabajo del hacinamiento de la gente en los escasas viviendas existentes. Las condiciones de trabajo y de vida son, obviamente, malas. Pero, en segundo lugar, también nos encontramos con la coexistencia de desempleo a la vez que puestos de trabajo sin ocupar, al igual que en el mercado inmobiliario puede coexistir gente con necesidad de casa y viviendas vacias. Son variadas las razones  que pueden llevar a esta situación. Puede ser que las viviendas/puestos de trabajo que están vacías/desocupados no sean adecuadas para las necesidades/capacidades de los inquilinos potenciales. Puede ser que el alquiler/salario de la vivienda/puesto de trabajo sea tan elevado/bajo  que los inquilinos no puedan permitírselo/les compense. A la inversa, puede ocurrir que el alquiler/salario sea tan bajo/elevado que a los propietarios no les interese alquilar sus espacios residenciales/laborales. Y por supuesto caben otras posibles explicaciones de estas disfuncionalidades de los mercados inmobiliarios de viviendas y de puestos de trabajo. Incluso puede analizarse una situación de crisis como consecuencia de especulación inmobiliaria en algunos mercados de puestos de trabajo. 
Pero, además, creo que esta "novedosa" concepción de las relaciones laborales no como mercado de trabajo sino como mercado de puestos de trabajo, puede ayudar a entender algunas políticas que se propugnan desde distintas perspectivas políticas. En atención a su actualidad, me centraré en las dos propuestas laborales de Ciudadanos: la del "complemento salarial" y la del "contrato único".
En cuanto a la primera, la más "social" dentro del tono neoliberal del programa "ciudadanita" , es fácil ver de qué va. Se trata de complementar los ingresos salariales que reciban los trabajadores más desfavorecidos. Suena bien. Pero desde la perspectiva que aquí se defiende, la cosa resulta que tiene truco. Y es que, desde esta perspectiva, el "complemento salarial" no es sino una subvención al alquiler de los inquilinos/trabajadores en peor situación para que puedan optar a alquilar un puesto de trabajo o "espacio laboral". Y sus efectos, cuando se analizan desde esta perspectiva, distan de ser tan "sociales" como a simple vista parece. Para entenderlo, y para no repetirme quizás lo mejor sea que el lector se lea el post que sobre las subvenciones a los alquileres de los jóvenes  el gobierno de Zapatero instauró en 2008 (http://www.rankia.com/blog/oikonomia/428856-cuento-alquileres-jovenes ). En él ya mostré cómo los mayores beneficiarios de esas subvenciones iban a ser los propietarios de los pisos en alquiler. Pues bien, aquí pasa lo mismo, caso de que esta propuesta "ciudadanita" se llevara adelante. 

El mecanismo es muy simple y viene a decir que esa subvención que "perciben" los trabajadores les permite a los propietarios de puestos de trabajo bajar (en cierta medida) los salarios (la "medida" exacta depende de la elasticidad de la oferta de "espacios laborales" o puestos de trabajo y del salario mínimo), por lo que una medida pretendidamente "social" acaba beneficiando a los menos necesitados: a los capitalistas o propietarios de los puestos de trabajo. O sea, el "mundo al revés", el uso del Estado para redistribuir la renta a favor de los más ricos, eso sí ampulosa y mentirosamente defendido por los de C's como política social. Dicho con otras palabras, en términos económicos lo que sucede es que con cargo a los presupuestos del Estado, o sea, pagados por todos los contribuyentes se les da un dinero a los propietarios de los puestos de trabajo, de igual manera que también con cargo a los presupuestos del Estado se les daba un dinero a los propietarios de viviendas para jóvenes. Puestos a ayudar a los trabajadores en peor situación, ¿no sería más sensato subir el SMI como siempre se ha hecho para alcanzar ese objetivo?
En cuanto al famoso contrato único, su análisis está claro. Aunque se presente como la desaparición de los contratos temporales convirtiendo todos en indefinidos, tal presentación es engañosa pues el contrato único no es, obviamente, sino la temporalización de todos los contratos de alquiler de puestos de trabajo, pues cualquier inquilino puede ser puesto de patitas en la calle si al propietario le interesa pagando, eso sí, una indemnización. El contrato único se plantea como un medio para acabar con la segmentación del mercado de trabajo español entre unos privilegiados con contratos indefinidos y unos explotados con contratos temporales. Ahora bien, existen dos formas de acabar con los privilegios. Una es acabando con ellos quitándoselos a quienes "disfrutan" de ello, la otra es extendiéndolos a todo el mundo. Está claro que el neoliberalismo "ciudadanita" apuesta por la primera forma. No es de extrañar que incluso entre las filas del Partido Popular no goce tal propuesta de simpatías pues para los "populitas", tradicionalmente, las relaciones laborales han de incorporar un cierto componente  paternalista  que no se casa muy bien con el modelo norteamericano de relaciones laborales neoliberal.     

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