miércoles, 4 de enero de 2017

La ética protestante, el espíritu del capitalismo y la estética de los visillos y las cortinas en el norte de Europa

                                                                                                                   
                                                                                                      Una -pues hay varias- de esas singularidades de esos nuestros vecinos del norte de Europa, tan estirados, virtuosos, eficientes y condescendientes ellos,  que más nos sorprenden a los del sur es la generalizada ausencia de visillos y cortinas en sus pisos y casas. La consecuencia es que sus modos de vivir están a la vista de todo aquél que pase cerca de sus alojamientos. Y no sólo a la vista del curioso, del observador entomológico de costumbres o del sencillamente cotilla, sino también de la del del distraído paseante que, sin tener la menor intención de fisgonear la vida de los demás, ve como su mirada es asaltada, quiéralo o no, por esa impúdica exhibición de la intimidad de los demás.

A la hora de explicar tan sigular -para nosotros- comportamiento, me he encontrado con diversas explicaciones. Descartada por inane la que acude a la pobreza o la avaricia, dado que en esos países las gentes son mucho más ricas que las de los del sur, hay quienes aluden a razones climáticas. Hablan así de la escasa intensidad y duración diaria de la luz solar en esas latitudes como explicación a la ausencia de visillos, persianas y cortinas. Pues bien, me parece una explicación tonta. Por un lado resulta obvio que durante más de la mitad del año en esas latitudes tiene más horas de sol que en el sur, por lo que más bien debería ser lo contrario, es decir, que en esos países el uso de cortinas y visillos debería estar más generalizado aún si cabe. Que lo de la luz dista de ser una explicación convincente se comprueba cuando se cae en la cuenta de uno  de que en los dormitorios en esos países sí que hay cortinas. (aunque eso sí, a lo que parece la persiana, más eficiente en lo que respecta a interrumpir la irrupción de la luz solar o de las farolas, todavía les queda fuera de su comprensión -by the way, quizás sea éste un prometedor sector para nuestras exportaciones si los fabricantes de persianas hacen la adecuada y didáctica publicidad en esos países acerca de las ventajas del uso de tan compleja -para ellos- tecnología)

Pero, por otro, y de forma mucho más relevante, sucede que las persianas y demás "obstáculos" superpuestos a los cristales de ventanas y balcones son usados tanto o más para protegerse de la mirada de los demás que para protegerse de la luz solar, como lo atestigua el hecho de que aquí, en el sur, también echemos las cortinas o bajemos las persianas de nuestros salones de noche.

Y, ahora, mi explicación de tan singular costumbre. Es una hipótesis que se deriva en el plano de la estética de la maravillosa obra "La ética protestante y el espíritu del capitalismo" del gran sociólogo Max Weber. Una obra que no ha perdido ni un ápice de su poder de convicción y seducción desde que se públicó en 1904-5. Nada sustituye el leerla, pero para seguir la argumentación se impone ofrecer una explicación, siquiera esquelética por no decir fantasmal, de la tesis de Weber.

Para Weber, la ética defendida por Lutero (y más que por él, por Calvino) en sus enfrentamientos con la Iglesia Católica se fundaba en una interpretación extrema de una idea que, desde los tiempos de Agustín de Hipona, había malvivido en la doctrina cristiana: la idea de la predestinación. A fin de cuentas, si Dios es omnisapiente y para él no existe el tiempo, entonces se sigue lógicamente que Él sabe desde antes de la concepción de cada uno cuál va a ser su vida hasta el más mínimo, microscópico u ocuito detalle. Dios sabe por consiguiente cuál es el destino de cada uno, o lo que es lo mismo, de la omnisapiencia de Dios se deriva la idea de que cada uno está predestinado a la salvación o condenación eternas desde antes de su nacimiento.  La asunción de esta forma de entender la religión cristiana suponía para quienes lo hacían el vivir en una angustia cotidiana y permanente, pues ¿cómo saber que uno estaba entre los elegidos? Porque nada le garantizaba a nadie, ni siquiera la adopción de un comportamiento extremadamente virtuoso al cual uno sacrificase su vida, que al final no acabase encontrándose entre los malditos y condenados ya desde su nacimiento, pues -por ejemplo- bastaba un sólo mal pensamiento en el momento de la muerte para dar al traste con el valor de cambio de toda una vida de represión y autocontrol lejos del pecado para "comprar" una plaza, siquiera modesta, en el show eterno de esa sala de fiestas: el Paraíso. 

Para soportar esta angustia, esta incertidumbre, los seguidores de Lutero, Calvino y demás sectas protestantes elaboraron una doctrina tranquilizadora según la cual, existían signos o señales que mostraban la gracia divina. Uno de ellos, quizás el más importante, era el tener éxito económico. Con arreglo a esta idea, la consecución de riqueza se convirtió en la señal más clara y confiable de estar entre los elegidos por Dios para una vida en el paraíso del Más Allá; si bien, obviamente, esa riqueza no podía ser empleada para buscarse o construirse  una paraíso más pedrestre y terrenal, aquí en el Más Acá, pues tal cosa era pecaminosa.

Para la ética protestante, la riqueza era, por tanto, una señal de elección divina que, sin embargo, no podía ser empleada para sufragarse una vida placentera, como sí habían hecho los patricios de la antigüedad Clásica, los nobles medievales y los clérigos de la Iglesia Católica. La riqueza, para los protestantes, se convirtió así en un fin en sí mismo, en un objetivo del que -sin embargo- nunca debiera disfrutarse dándole "gusto al cuerpo o a la mente" , so pena de pecar....y acabar condenándose. Ni qué decir tiene que esa es la ideología moral o ética que requería el capitalismo para desarrollarse pues es la acumulación de riqueza en forma de capital, y no de bienes de consumo, el motor del desarrollo económico de tipo capitalista. 

La ética protestante del ahorro y la acumulación implicaba también una estética. Una estética en que pudiese conjugarse el ser un elegido de Dios, o sea, el ser rico, con un comportamiento sobrio y ahorrador.  La pintura holandesa del siglo XVII nos muestra a las claras ese ideal estético burgués: habitaciones, limpias, iluminadas, bien puestas pero sin ostentación; trajes y vestidos de buena calidad pero sin adornos y de colores oscuros o recatados; iglesias desprovistas de adornos y lujurias barrocas.

Y, claro está, para que uno pudiese mostrar ante los demás que se encontraba entre los elegidos, que era rico pero austero, los demás debían poder ver esa riqueza y lo que se hacía con ella con sus propios ojos. La vida de los elegidos por la Gracia divina debía ser, pues, transparente. Una "intimidad publica o exhibida voluntariamente" demostraba que nada se tenía que ocultar, que no había pecado sino todo lo contrario. Y para facilitar esa transparencia, esa visibilidad por parte de los demás, el no poner trabas como cortinas, visillos o persianas fue, sin duda, uno de lo mecanismos que se arbitraron y acabaron quedando como rasgo cultural de toda la Europa protestante.

Un rasgo, por cierto, que ha soportado sin problemas la secularización y pérdida de autoridad moral por parte de las confesiones religiosas. Y es que la ausencia de visillos y cortinas curiosamente facilita también el comportamiento antitético u opuesto al reclamado por la ética protestante del siglo XVI. Me refiero al comportamiento descrito por Thorstein Veblen en su también maravillosa "Teoría de la Clase Ociosa" escrita en 1899: el denominado por él como "consumo conspicuo".

Para los ricachones, ya descreídos de toda fe religios antigua, y que lo que ansían es mostrar a los demás su éxito en forma del lujo que su riqueza les permite, esa vieja costumbre de la transparencia en las ventanas les viene que ni pintada: pueden mostrar lo ricos que son sin pecar de ostentación...al menos ante sus vecinos. No para nosotros, los del sur de Europa, que desacostumbrados ante ese tipo concreto de exhibición  pública de la riqueza, como se puede ver en Amsterdam, en Amberes, en Gante, en Copenhague o en Berlin, lo vemos como lo que es: una ostentación absurda de la propia riqueza que se hace al precio de una clara pérdida de la intimidad.                 

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